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ABRAZAR LA CONDICIÓN DE HIJOS (1 de 4)
La parábola del hijo pródigo
Jaime Moya
Los fariseos y escribas estaban murmurando entre sí. Empezaron a hacerlo cuando Jesús había aceptado a un publicano que quería hablar con él. La primera vez que vieron algo así debieron de pensar que, como Jesús no era de esa zona, podía no saber con quién se estaba encontrando; pero cuando, después de habérselo hecho notar, fue a comer a casa de otro pecador público, es fácil concluir que ya no les quedó ninguna duda: «Este no puede ser un profeta, por mucho que diga la gente». Por eso lo criticaban por lo bajo: no entendían que pasara tiempo con esas personas. Como respuesta, Jesús les contó tres parábolas para que comprendieran cómo es verdaderamente el amor de Dios.
Primero relató la del pastor que abandona todo su rebaño para recuperar su oveja perdida (cfr. Lc 15,4-7). A continuación, la de aquella mujer que revuelve y barre toda la casa hasta encontrar la dracma desaparecida (cfr. Lc 15,8-10). Y, por último, se detiene en un relato más largo y detallado: la historia de un padre que es rechazado por sus hijos (cfr. Lc 15,11-32).
Una vida que no es vida
«Un hombre tenía dos hijos. El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Y les repartió los bienes» (Lc 15,11-12). El hijo menor reclama como un derecho algo que todavía no le pertenece. No desea esperar a recibir lo que en el futuro será suyo, y exige ahora mismo la herencia. Sin poner ninguna objeción, su padre «repartió los bienes» (Lc 15,12), todo el fruto de su trabajo. Y quizá lo hace porque sus hijos han sido el motivo de sus esfuerzos, la razón por la que ha forjado una hacienda lo suficientemente grande como para tener criados y campos en abundancia.
«No muchos días después, el hijo más joven lo recogió todo y se fue a un país lejano» (Lc 15,13). «Probablemente lejano desde un punto de vista geográfico, porque quiere un cambio, pero también desde un punto de vista interior, porque quiere una vida totalmente diversa. Ahora su idea es: libertad, hacer lo que me agrade, no reconocer estas normas de un Dios que es lejano, no estar en la cárcel de esta disciplina de la casa, hacer lo que me guste, lo que me agrade, vivir la vida con toda su belleza y su plenitud».
Lejos de su hogar, durante un periodo se sentiría feliz malgastando «su fortuna viviendo lujuriosamente» (Lc 15,13). Finalmente tenía aquello que llevaba anhelando desde hacía tiempo. Pero, después, volvió a experimentar una sensación de soledad y aburrimiento como la que le había llevado a dejar la casa de su padre, pero esta vez mucho mayor. «Percibe cada vez con mayor intensidad que esa vida no es aún la vida; más aún, se da cuenta de que, continuando de esa forma, la vida se aleja cada vez más. Todo resulta vacío: también ahora aparece de nuevo la esclavitud de hacer las mismas cosas».
Aquel hijo había fundado toda su felicidad sobre la arena del dinero y de los placeres. Por eso, en cuanto se le acabó su patrimonio y llegó una gran hambre a aquella región, «empezó a pasar necesidad» (Lc 15,14). Así de rápida fue la transición de la euforia a la amargura. Tan desesperado estaba, que se puso a cuidar cerdos y «le entraban ganas de saciarse con las algarrobas que comían» (Lc 15,16). Había soñado con una existencia llena de emociones intensas y sin ningún tipo de ataduras, y ahora se conformaba con tomar el alimento de los cerdos. Fue en ese instante cuando se dio cuenta de que su nivel de vida estaba incluso por debajo del de aquellos animales. «Recapacitando, se dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre!”» (Lc 15,17).
Como se observa, al hijo menor le mueve el estómago. No se detiene a pensar en la afrenta que ha hecho a su padre al reclamar la herencia antes de su muerte. Tampoco considera las consecuencias que ha tenido su pecado para otros –el dolor causado a su familia, la indignación suscitada en tantos conocidos, el mal ejemplo que ha dado y el escándalo que ha provocado– o para sí mismo –cómo ha llegado a estar en la situación en que se encuentra, cuáles han sido sus errores–. Sencillamente se acuerda del pan que tomaba en casa. Y probablemente le vendrían a la memoria tantos recuerdos de su hogar: momentos de infancia, el cariño de su padre, las conversaciones con su hermano, la satisfacción por el deber cumplido después de un día de trabajo... Por eso toma una resolución: «Me levantaré e iré a mi padre y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros”» (Lc 15,18-19).