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BUSCADORES DE DIOS (1 de 4)
Los Reyes Magos
Miguel Forcada
Una vistosa comitiva acaba de llegar a Jerusalén. Los forasteros recorren sus callejuelas mientras contemplan el ajetreo de la ciudad. Probablemente a sus oídos habían llegado las hazañas que el pueblo judío había realizado. Y ahora estos misteriosos personajes pueden ver con sus propios ojos los símbolos de esta localidad: la muralla y el templo. Ellos, sin embargo, no han venido hasta aquí por curiosidad. Han recorrido cientos de kilómetros porque quieren adorar al rey de los judíos que acaba de nacer. Por eso se dirigen al lugar donde creen que lo hallarán: el palacio real.
«Vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle» (Mt 2,2). Con estas palabras se presentaron en el palacio. Quizá imaginaban que su presencia ahí sería de lo más normal. Si acababa de nacer aquel al que se esperaba desde hacía tanto tiempo, era lógico que la gente viniese a conocerlo. No obstante, «al oír esto, el rey Herodes se inquietó, y con él toda Jerusalén» (Mt 2,3). La noticia corrió de boca en boca. La visita de estos exóticos extranjeros causó una pequeña conmoción. De ahí que Herodes decidiera reunir a los sacerdotes y escribas del pueblo para intentar entender lo que estaba sucediendo.
A Herodes no le interesaba ese supuesto rey. Él había conseguido hacerse con el poder bajo la supervisión de Octavio Augusto porque le proporcionaba seguridad e impuestos. Cualquier sobresalto podría amenazar su continuidad. Por eso su prioridad era que las cosas siguieran como estaban. Aquellas promesas de Dios recogidas por los profetas estaban bien para afianzar la identidad nacional de los judíos, siempre que se mantuvieran como lejanas o inconcretas. Pero Cristo trastocó sus planes. Y reconocerle como rey implicaba un riesgo, dejar atrás la seguridad de los propios razonamientos y aceptar «los imprevistos que no aparecen en el mapa de una vida tranquila. Jesús se deja encontrar por quien lo busca, pero para buscarlo hay que moverse, salir. No esperar; arriesgar. No quedarse quieto; avanzar. Jesús es exigente: a quien lo busca, le propone que deje el sillón de las comodidades mundanas y el calor agradable de sus estufas». Supone, en definitiva, ponerse en camino, como hicieron los magos.