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ALGUNAS PISTAS PARA DESCUBRIR EL LENGUAJE DE DIOS (4 de 7)
La tremenda libertad de Dios
José Brage
En una ocasión, san Josemaría señalaba que Jesucristo, presente en el sagrario, «es un Señor que habla cuando quiere, cuando menos se espera, y dice cosas concretas. Después calla, porque desea la respuesta de nuestra fe y de nuestra lealtad». En efecto, se entra en oración no por la puerta del sentimiento —ver, oír, sentir— sino «por la puerta estrecha de la fe», manifestada en el cuidado y la perseverancia que ponemos en nuestros ratos de oración; aunque a veces no lo veamos inmediatamente, estos siempre tienen fruto.
Así le ocurrió también muchas veces al fundador del Opus Dei; por ejemplo, el 16 de octubre de 1931, según lo relata él mismo: «Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico (el A.B.C.) y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa». San Josemaría intenta, aparentemente sin éxito, hacer la oración en un lugar recogido. Sin embargo, pocos minutos después, en el bullicio de un tranvía lleno de gente, al empezar a leer las noticias del día, es arrebatado por la gracia de Dios y llevado, en sus propias palabras, a la oración más subida que nunca tuvo.
Muchos otros santos han sido testigos de esa libertad de Dios para hablar al alma cuando quiere. Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, lo explicaba con la imagen de la leña y el fuego. Muchas veces le había ocurrido que, a pesar de poner todo su esfuerzo —la leña—, finalmente la oración —el fuego— no brotaba. Escribe: «Me reía de mí y gustaba de ver la bajeza de un alma cuando no anda Dios siempre obrando en ella. (…) Aunque pone leña y hace eso poco que puede de su parte, no hay arder el fuego de su amor. (…) Entonces un alma, aunque se quiebre la cabeza en soplar y concertar los leños, parece que todo lo ahoga más. Creo es lo mejor rendirse del todo a que no puede nada por sí sola», porque Dios habla cuando quiere.
A la vez, de hecho, Dios nos ha hablado muchas veces. Mejor: no deja en ningún momento de hablarnos. En cierto modo, aprender a orar es aprender a reconocer la voz de Dios en sus obras, como el mismo Jesús hizo ver a san Juan Bautista. El Espíritu Santo no cesa de actuar en nuestro interior. Por eso san Pablo podía recordar a los Corintios que «nadie puede decir: “¡Señor Jesús!”, sino por el Espíritu Santo» (1 Co 12,3). Eso nos llena de paz. Quien pierde esto de vista puede caer fácilmente en la desesperanza: «Hay quienes buscan a Dios por medio de la oración, pero se desalientan pronto porque ignoran que la oración viene también del Espíritu Santo y no solamente de ellos». Para no desanimarnos nunca en la oración, es necesario tener una gran confianza en la acción multiforme y misteriosa del Espíritu en nuestras almas: «El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa semilla sobre la tierra, y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo» (Mc 4,26).