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HACER DEL MUNDO UN HOGAR (1 de 3)
La parábola del buen samaritano
Gaspar Brahm
Pocos edificios expresan de forma más certera la globalización de la sociedad contemporánea como un hotel. Si se reduce a sus componentes fundamentales, se trata de un techo y unos servicios para acoger a los clientes. Ahí estriba también su condición paradójica, ya que es un sitio anónimo y en cierto sentido despersonalizado que intenta suplir aquellos elementos que nos resultan más íntimos y necesarios; en definitiva, el propio hogar.
Por eso no puede dejar de llamar la atención que una parábola que pretende dar una respuesta a la pregunta «¿quién es mi prójimo?» (Lc 10,29) tenga como escenario una posada, un modesto hotel de pueblo. Parecería más lógico hablar de una familia o de la relación entre amigos para ejemplificar el amor genuino. Sin embargo, el Señor prefiere describir la relación entre tres desconocidos: un posadero, un samaritano y un herido. Aunque el relato de Cristo no ofrece todos los detalles del suceso, algo como lo que sigue quizá podría haber sucedido.
La mirada del posadero
Podemos imaginar que para el posadero el día está transcurriendo con la normalidad de siempre. Clientes que se marchan y clientes que llegan. Preparar la comida y ordenar las habitaciones. No es muy dado a preguntar a los forasteros sobre sus vidas. Si algo ha aprendido en estos años ha sido que no hay nada como la discreción. Lo considera parte de su oficio, como dar de comer, ofrecer un techo bajo el que dormir y un fuego en el que calentarse.
Pero esa aparente normalidad se desvanece cuando ve llegar a un samaritano acompañado de un judío malherido. Y no solo eso: le sorprende la delicadeza extrema con que trata al enfermo. Sus heridas están vendadas y curadas; el jumento, preparado para un viaje rutinario, ha terminado portando el peso inerte de una persona casi muerta. El posadero entiende de primeras lo que ha ocurrido:
«El milagro de una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa».
Entre los dos llevan al judío a una habitación. Quizá el dueño del albergue se acerca a su pecho y comprueba que, efectivamente, sigue respirando. No puede evitar soltar un suspiro de alivio. Después de dejar al herido en la cama, baja las escaleras y se encuentra al samaritano contemplando, cansado, las llamas del fuego. Siente necesidad de acercarse a él para preguntarle por lo que había ocurrido. Es extraño, porque si algo respeta en su oficio es la discreción. Pero es tanto el cariño que ha visto en este extranjero que no se contiene. Se sienta a su lado y, mientras mira el mismo fuego, escucha con atención el relato del samaritano.