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24 enero 2027

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO. El combate de la oración

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (4 de 7)
El combate de la oración
Juan Francisco Pozo - Rodolfo Valdés

Considerar que la oración es un arte implica reconocer que siempre se puede crecer en ella, dejando actuar cada vez más a la gracia de Dios. En este sentido, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, la oración es también combate. Es lucha, en primer lugar, contra nosotros mismos. Las distracciones invaden la mente cuando intentamos crear el silencio interior. Al mismo tiempo, podemos utilizarlas a nuestro favor, pues nos descubren aquello a lo que el corazón está apegado, y pueden convertirse en una luz para pedir ayuda a Dios.

Por otra parte, el mundo actual está marcado por la multiplicación de las posibilidades tecnológicas, que facilitan la comunicación en muchos sentidos, pero que también aumentan las ocasiones de distracción. Sin duda nos encontramos ante un nuevo reto para el crecimiento de la vida contemplativa: aprender a vivir el silencio interior, mientras estamos rodeados de mucho ruido exterior. En muchos ámbitos se percibe la primacía de la gestión sobre la reflexión o el estudio; nos hemos habituado a trabajar en multi-tasking, prestando atención simultánea a muchas tareas, lo que fácilmente puede llevar a vivir en el inmediatismo de la acción-reacción. Sin embargo, ante este panorama, se han revalorizado algunas actitudes como la atención o la concentración, que se presentan como un modo de proteger la capacidad de detenerse y profundizar en lo que realmente vale la pena.

En todo caso, el silencio interior se presenta como una condición necesaria para la vida contemplativa. Nos libera del apego a lo inmediato, a lo fácil, a lo que distrae pero no llena, de modo que nos podamos centrar en nuestro verdadero bien: Jesucristo, que nos sale al encuentro en la oración. El recogimiento implica un movimiento que va, de la dispersión en muchas actividades, hacia la interioridad. Ahí es más sencillo encontrar a Dios y reconocer su presencia en lo que Él hace cotidianamente en nuestras vidas —detalles de la vida ordinaria, luces recibidas, actitudes de otras personas—, y así poder manifestarle nuestra adoración, arrepentimiento, petición, etc. Por eso, el recogimiento es fundamental para un alma contemplativa en medio del mundo: «La verdadera oración, la que absorbe a todo el individuo, no la favorece tanto la soledad del desierto, como el recogimiento interior».