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HACER DESBORDAR LA ALEGRÍA (3 de 4)
Un corazón que rompe a cantar
José María Álvarez de Toledo
«Proclama mi alma las grandezas del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» (Lc 1,46-47). María habla de su mundo interior. No hay ninguno más rico que el suyo. Y su rasgo principal es la alegría. Si días antes, al oír el saludo del ángel, como primer movimiento se había asustado, lo que quedó y ahora posee es un profundo gozo, fruto de haber dicho que sí a los planes divinos.
María conquistó a Dios con su sencillez. «Ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lc 1,48). Ella no se sentía una persona especial. Vivía en una aldea desconocida, que ni siquiera había sido mencionada en las Escrituras. Su prometido era un artesano, un oficio como muchos otros. Pasaba gran parte de su tiempo ocupándose de las mismas tareas que realizaban las otras jóvenes de entonces. La mayoría de sus días debieron de transcurrir iguales. Nada en sus circunstancias externas sugería que fuese a ser recordada de generación en generación. Pero el Señor no se fija en las apariencias o en lo que los hombres consideran grande: sabe mirar el corazón de cada uno y apreciar lo que pasa desapercibido.
«Al meditar estas verdades, entendemos un poco más la lógica de Dios; nos damos cuenta de que el valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario. Para ser divinos, para endiosarnos, hemos de empezar siendo muy humanos, viviendo cara a Dios nuestra condición de hombres corrientes, santificando esa aparente pequeñez». María vivió así. Ella se consideraba poca cosa, pero reconoció que todo lo grande que había en su vida era fruto de la acción del Todopoderoso. Sabía que era él quien obraría los prodigios y quien manifestaría su poder, pues ella era consciente de sus propios límites. Por eso, los humildes como María serán ensalzados, pues el Señor podrá obrar maravillas en ellos.
«María, en su pequeñez, conquista primero los cielos. El secreto de su éxito reside precisamente en reconocerse pequeña, en reconocerse necesitada. Con Dios, solo quien se reconoce como nada es capaz de recibirlo todo. Solo quien se vacía es llenado por él. Y María es la “llena de gracia” precisamente por su humildad». Durante su vida, la Madre de Dios no consiguió ninguna gloria humana. La única aclamación pública de la que tenemos noticia fue de parte de una mujer anónima que dijo a Jesús: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron» (Lc 11,27). Y nada más. Pero hoy, siglos más tarde, se puede comprobar el acierto de aquellas palabras de María: millones de personas a lo largo de la historia le han mostrado veneración y se han fijado en la grandeza de su vida.