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29 diciembre 2026

LUZ QUE NUNCA SE APAGA

LUZ QUE NUNCA SE APAGA (5 de 5)
Jaime Moya

Pedro «todavía estaba hablando, cuando una nube de luz los cubrió y una voz desde la nube dijo: “Este es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido: escuchadle”» (Mt 17,5). Los tres discípulos, asustados por lo que acababan de oír, cayeron de bruces. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, dijo: «Levantaos y no tengáis miedo» (Mt 17,7).

Mientras bajaban la montaña, Pedro iría meditando sobre todo lo que había presenciado en los últimos días. Comenzaría a entender que «los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura» (Rm 8,18): por mucho que el Mesías tenga que sufrir, su victoria será mucho más grande. Sin embargo, todavía tendría un largo camino que recorrer para comprender plenamente el significado de estos episodios.

Muchos años después, en un clima de continua amenaza para la Iglesia naciente, Pedro escribirá una carta a los primeros cristianos en la que les animará a no perder la esperanza en medio de las dificultades:

«Os hemos dado a conocer el poder y la venida futura de Nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: “Este es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias”. Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo. Y tenemos así mejor confirmada la palabra de los profetas, a la que hacéis bien en prestar atención como a una lámpara que alumbra en la oscuridad, hasta que alboree el día y el lucero de la mañana amanezca en vuestros corazones» (2P 1,16-19).