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HACER DESBORDAR LA ALEGRÍA (1 de 4)
La visitación
José María Álvarez de Toledo
Gabriel se acaba de marchar. María está tratando de asimilar lo que ha presenciado. El extraño saludo. La promesa del nacimiento del Mesías. La llegada del Espíritu Santo. Su vida ha cambiado de manera inesperada. Con su sí ha aceptado la propuesta del ángel, pero todavía no es consciente de todas las implicaciones de aquel «hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38). Está segura de al menos una cosa: en su seno habita ahora el Hijo de Dios. Y es tal su felicidad que no sabe todavía cómo expresarla.
Meditando lo que acaba de presenciar, no puede olvidar la noticia que el arcángel le ha dado: «Ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes» (Lc 1,36). No sabemos con certeza qué grado de parentesco tenían, pero a menudo se cree que Isabel era su prima. Probablemente María estaba al tanto de que no había podido tener hijos. Pero el anuncio de Gabriel claramente le ha demostrado que «para Dios no hay nada imposible» (Lc 1,37).
María comprendió que no podía quedarse de brazos cruzados. El ángel le había dicho que su prima estaba embarazada como un signo de la omnipotencia divina, pero no le había comentado nada sobre si necesitaría ayuda o no. Sin embargo, María sabía ponerse en el lugar de los demás y reconocer sus necesidades, como demostraría años más tarde en Caná (cfr. Jn 2,1-12). Si su prima era anciana, era lógico pensar que su embarazo no sería sencillo, y que cualquier apoyo sería bienvenido. Además, la misma María sentiría la necesidad de compartir el don recibido con alguien. Y seguramente Isabel, con quien estaba unida por un cariño y una confianza profundos, y que también acababa de ser testigo del poder de Dios, era la persona indicada.
Por eso María tomó la decisión de ponerse en camino. Y no de cualquier forma. San Lucas precisa que «marchó deprisa» (Lc 1,39). No tenía tiempo que perder. Sabía que en ese momento lo mejor que podía hacer era ir a ver a Isabel. Intuía que esto formaba parte de los planes de Dios. Y quería secundarlos con la iniciativa y el entusiasmo del amor, de quien sabe que está haciendo lo mejor para sí misma y para los demás, no con la desgana de quien cumple una obligación porque no le queda más remedio.
Esa prisa con la que sale María no es superficial. Podríamos decir que no le mueve el afán de curiosidad, ni tampoco el simple deseo de hacer cosas para evitar enfrentarse a la propia soledad. «La prisa de la joven de Nazaret es la de quienes han recibido dones extraordinarios del Señor y no pueden dejar de compartir, de hacer desbordar la inmensa gracia que han experimentado. Es la prisa de los que saben poner las necesidades de los demás por encima de las suyas. María es un ejemplo de persona joven que no pierde el tiempo buscando la atención o la aprobación de los demás –como ocurre cuando dependemos de los “me gusta” en las redes sociales–, sino que se mueve para buscar la conexión más genuina, la que surge del encuentro, del compartir, del amor y del servicio».