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23 diciembre 2026

ALGUNAS PISTAS PARA DESCUBRIR EL LENGUAJE DE DIOS. Gestos que pueden romper el silencio

ALGUNAS PISTAS PARA DESCUBRIR EL LENGUAJE DE DIOS (2 de 7)
Gestos que pueden romper el silencio
José Brage

Con frecuencia, quien comienza a orar ha de enfrentarse al aparente silencio de Dios: «Yo le hablo, le cuento mis cosas, le pregunto acerca de lo que debo hacer, pero él no me responde, no me dice nada». Es la antigua queja de Job: «Clamo a ti y no me respondes, permanezco ante ti y no me miras» (Jb 30,20). Ante esto es fácil que aparezca el desconcierto: «Siempre he oído decir que la oración es diálogo, pero a mí Dios no me dice nada. ¿Por qué? Si, como dicen, a las demás personas Dios les habla…, ¿por qué a mí no? ¿Qué estoy haciendo mal?». Son dudas que, en algunos momentos, pueden convertirse en una tentación contra la esperanza: «Si Dios no me responde, ¿para qué rezar?». O, incluso, si ese silencio se interpreta como ausencia, en una tentación contra la fe: «Si Dios no me habla, entonces no está ahí».

¿Qué decir ante esto? En primer lugar, que negar la existencia de Dios a partir de su aparente silencio no es muy lógico. Dios podría elegir callar, por los motivos que fueran, y eso no añadiría o quitaría nada a su existencia, ni a su amor por nosotros. La fe en Dios y en su bondad está por encima de todo. Lo cual no impide que podamos implorar con el salmista, llenos de fe y confianza: «¡Dios mío! No estés callado, no guardes silencio, no te quedes quieto, ¡Dios mío!» (Sal 83,2).

Tampoco debemos dudar de nuestra capacidad de escuchar a Dios. Hay resortes en nuestro interior que nos permiten escuchar, con la ayuda de la gracia, el lenguaje de Dios, por más que esa capacidad esté oscurecida por el pecado original y por nuestros pecados. El primer capítulo del Catecismo de la Iglesia Católica comienza precisamente con esta afirmación: «El hombre es capaz de Dios». San Juan Pablo II lo explicaba así: «El hombre, como dice la tradición del pensamiento cristiano, es capax Dei: capaz de conocer a Dios y de acoger el don de sí mismo que él le hace. En efecto, creado a imagen y semejanza de Dios, está capacitado para vivir una relación personal con él»; una relación que toma la forma de un diálogo hecho de palabras y gestos]. Y, a veces, solo de gestos, como sucede también en el amor humano.

Así, por ejemplo, del mismo modo que entre dos personas un cruce de miradas puede constituir un silencioso diálogo —hay miradas que hablan—, la conversación confiada del hombre con Dios puede tomar también esa forma: «La de un mirar a Dios y sentirse mirado por Él. Como aquella mirada de Jesús a Juan, que decidió para siempre el rumbo de la vida del discípulo». Dice el Catecismo que «la contemplación es mirada de fe». Muchas veces, una mirada puede ser más valiosa y estar más cargada de contenido, de amor y de luz para nuestras vidas que una larga sucesión de palabras. San Josemaría, precisamente a propósito de la alegría que genera una vida contemplativa, hablaba de cómo «el alma rompe otra vez a cantar con cantar nuevo, porque se siente y se sabe también mirada amorosamente por Dios, a todas horas». Sentir esa mirada, y no solo saberse mirados, es un don que podemos implorar con humildad, como «mendigos de Dios».