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LUZ QUE NUNCA SE APAGA (4 de 5)
En la noche más oscura
Jaime Moya
Cuando Moisés y Elías dejaron de hablar, Pedro no pudo contenerse:
«Señor, qué bien estamos aquí; si quieres haré aquí tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mt 17,4). Cualquiera de nosotros habría dicho lo mismo. Cuando percibimos de manera clara la cercanía de Dios, experimentamos una alegría que nos gustaría que se prolongase indefinidamente. Algo similar ocurre también cuando vivimos un momento especialmente agradable: unos días de descanso, una reunión familiar, un plan con amigos… Pero todo eso, como el episodio del Tabor, tiene un inicio y un fin. Pretender eternizarlos, además de ser imposible, llevaría a alejarnos de la realidad y nos impediría acoger con serenidad y paz los momentos en los que la realeza de Dios parece oculta.
El Señor permitió que Pedro, Santiago y Juan pudieran contemplar su gloria como anticipo de la pasión, para que pudieran vivirla con fe y esperanza en la resurrección. «Jesús quiere que esta luz ilumine sus corazones cuando pasen por la densa oscuridad de su pasión y muerte, cuando el escándalo de la cruz sea insoportable para ellos. Dios es luz, y Jesús quiere dar a sus amigos más íntimos la experiencia de esta luz, que habita en él. Así, después de este episodio, él será en ellos una luz interior, capaz de protegerlos de los asaltos de las tinieblas. Incluso en la noche más oscura, Jesús es la luz que nunca se apaga».
Cuando en nuestra vida se presente la cruz, podemos hacer memoria de todos esos encuentros que hemos tenido con Cristo en el Tabor, en los que hemos notado de manera particular la felicidad de caminar junto a él. Y también entonces, aunque quizá tengamos la impresión de que esos recuerdos forman parte de un pasado que no volverá, sabemos que Dios no nos suelta de su mano. «A veces, cuando todo nos sale al revés de como imaginábamos, nos viene espontáneamente a la boca: ¡Señor, que se me hunde todo, todo, todo...! Ha llegado la hora de rectificar: yo, contigo, avanzaré seguro, porque tú eres la misma fortaleza: “Quia tu es, Deus, fortitudo mea” (Sal 42,2).
»Te he rogado que, en medio de las ocupaciones, procures alzar tus ojos al cielo perseverantemente, porque la esperanza nos impulsa a agarrarnos a esa mano fuerte que Dios nos tiende sin cesar, con el fin de que no perdamos el punto de mira sobrenatural; también cuando las pasiones se levantan y nos acometen para aherrojarnos en el reducto mezquino de nuestro yo, o cuando –con vanidad pueril– nos sentimos el centro del universo. Yo vivo persuadido de que, sin mirar hacia arriba, sin Jesús, jamás lograré nada; y sé que mi fortaleza, para vencerme y para vencer, nace de repetir aquel grito: “todo lo puedo en aquel que me conforta” (Flp 4,13), que recoge la promesa segura de Dios de no abandonar a sus hijos, si sus hijos no le abandonan».