-
LA VOCACIÓN DE MARÍA (4 de 4)
Si no hubieras abierto...
María Candela
María de Nazaret alza la mirada y fija sus ojos en Gabriel, mientras una sonrisa se dibuja en sus labios. La sorpresa, la ternura y un sutil gesto de emoción asoman a su semblante, mientras responde: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).
«Al encanto de estas palabras virginales el Verbo se hizo carne». María ha dicho que sí y, aunque en apariencia nada ha cambiado, desde ese instante el Hijo del Altísimo ha sido concebido en su seno.
«En ese momento se produce el grandísimo milagro: Dios se hace hombre». El cielo estalla en una fiesta. Y es tanta la felicidad y la premura de Gabriel, que parece marcharse sin despedirse: «Y el ángel se retiró de su presencia» (Lc 1,38).
Esta escena nos revela el amor inmenso de Dios por sus criaturas, pero también cómo él cuenta con la correspondencia humana para llevar a cabo su plan de salvación. María nos hace ver hasta qué punto Dios ama y respeta la libertad del hombre y desea su cooperación para que la redención siga realizándose en todas las almas. «También en ti, oh María, se manifiesta hoy, la fortaleza y la libertad del hombre. Después de la deliberación de tan gran designio fue enviado a ti el ángel y te anuncia el mensaje de la divina decisión, pidiendo tu consentimiento; y el Hijo de Dios no baja a tu seno antes de que tú dieras el consentimiento de tu voluntad. Estaba esperando a las puertas de tu voluntad para que abrieras al que quería venir a ti; nunca hubiera entrado mientras tú no abrieras la puerta al decir: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). Golpeaba a tu puerta, oh María, la eterna Deidad, pero si no hubieras abierto las puertas de tu voluntad, Dios no hubiera tomado carne humana».
Nuestro agradecimiento a María por haber dicho que sí a la llamada de Dios nunca será suficiente. San Josemaría, reflexionando sobre «la realidad del cariño de tantos cristianos a la Madre de Jesús», comentaba: «He pensado siempre que ese cariño es una correspondencia de amor, una muestra de agradecimiento filial. Porque María está muy unida a esa manifestación máxima del amor de Dios: la encarnación del Verbo».