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20 diciembre 2026

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO. Dejarnos mirar por Cristo

PARA MÍ, VIVIR ES CRISTO (4 de 5)
Dejarnos mirar por Cristo
Lucas Buch

Jesucristo es el rostro de la Misericordia de Dios, porque en Él Dios nos habla con un lenguaje a nuestra medida: un lenguaje de escala humana que viene al encuentro de la sed de un amor fuera de toda escala que Él mismo ha puesto en cada uno de nosotros. «Y tú (…) ¿has sentido alguna vez en ti esta mirada de amor infinito que, más allá de todos tus pecados, limitaciones y fracasos, continúa fiándose de ti y mirando tu existencia con esperanza? ¿Eres consciente del valor que tienes ante Dios que por amor te ha dado todo? Como nos enseña san Pablo, “la prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores” (Rm 5,8). Pero ¿entendemos de verdad la fuerza de estas palabras?».

Para descubrir el rostro de Jesús es necesario recorrer el camino de la adoración y de la contemplación: «¡Qué dulce es estar frente a un crucifijo, o de rodillas delante del Santísimo, y simplemente ser ante sus ojos! ¡Cuánto bien nos hace dejar que Él vuelva a tocar nuestra existencia y nos lance a comunicar su vida nueva!». Se trata, como decía el Papa en otra ocasión, de «mirar a Dios, pero sobre todo [de] sentirse mirado por Él». Parece sencillo: dejarse mirar, simplemente ser en la presencia de Dios… pero lo cierto es que nos cuesta terriblemente en un mundo hiperactivo y saturado de estímulos como el nuestro. Por eso es necesario pedir a Dios el don de entrar en su silencio y de dejarse mirar por Él: convencerse, en definitiva, de que estar en su presencia es ya una oración maravillosa y tremendamente eficaz, aun cuando no saquemos de ella ningún propósito inmediato. La contemplación del rostro de Cristo tiene en sí misma un poder transformador que no podemos medir con nuestros criterios humanos.

«Pongo ante mí al Señor sin cesar; con Él a mi derecha, no vacilo. Por eso se alegra mi corazón, se goza mi alma, hasta mi carne descansa en la esperanza» (Sal 16, 8-9).

El rostro de Jesús es también el rostro del Crucificado. Al constatar nuestra debilidad, podríamos pensar, con un rasero exclusivamente humano, que le hemos decepcionado: que no podemos dirigirnos a Él, como si no hubiera sucedido nada. Sin embargo, esos reparos dibujan solo una caricatura del Amor de Dios. «Hay una falsa ascética que presenta al Señor en la Cruz rabioso, rebelde. Un cuerpo retorcido que parece amenazar a los hombres: me habéis quebrantado, pero yo arrojaré sobre vosotros mis clavos, mi cruz y mis espinas. Esos no conocen el espíritu de Cristo. Sufrió todo lo que pudo —¡y por ser Dios, podía tanto!—; pero amaba más de lo que padecía… Y después de muerto, consintió que una lanza abriera otra llaga, para que tú y yo encontrásemos refugio junto a su Corazón amabilísimo».

¡Qué bien comprendía san Josemaría el Amor que irradia el rostro de Jesús! Desde la Cruz, nos mira y nos dice: «Te conozco perfectamente. Antes de morir he podido ver todas tus debilidades y bajezas, todas tus caídas y traiciones… y conociéndote tan bien, tal como eres, he juzgado que vale la pena dar la vida por ti». La de Cristo es una mirada amorosa, afirmativa, que ve el bien que hay en nosotros —el bien que somos— y que Él mismo nos concedió al llamarnos a la vida. Un bien digno de Amor; más aún, digno del Amor más grande (cfr. Jn 3,16; 15,13).