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«La Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor» (y 2)
Lucas Buch
San Josemaría se veía llamado a redoblar sus esfuerzos, su oración y, en particular, sus penitencias. Sin embargo, a primeros de junio de 1938, mientras se dirigía al Monasterio de las Huelgas, donde estaba llevando a cabo una tarea de investigación, recibe una especial luz de Dios, que describe en una carta a Juan Jiménez Vargas, ese mismo día:
«Querido Juanito: Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui para hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero Amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una Herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió S. José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú!»
Llevaba tiempo recorriendo el camino de la Humanidad del Señor. También la devoción a las llagas de Cristo. Con todo, inopinadamente, se abrió ante él como «un Mediterráneo». Ahondó de golpe en el significado de Amor redentor que tenían aquellas heridas, y comprendió que el mejor modo de corresponder a tan gran Amor no consistía en lo que él pudiera hacer, sino justamente en sumergirse en Él: contemplándolo y dejándose abrazar enteramente por ese Amor.
Continúa la carta precisamente a propósito del esfuerzo que le supone su situación: «Siento una envidia enorme de los que están en los frentes, a pesar de todo». Y alude a la figura célebre de un sacerdote castrense, conocido por su vida penitente: «Se me ocurre pensar que, si no tuviera bien señalada mi senda, sería magnífico dejar corto al P. Doyle. Pero… eso me iría muy bien: nunca me costó gran cosa la penitencia. Sin duda, ésta es la razón de que me lleven por otro camino: el Amor». Su camino es el Amor: amar y dejarse querer. Al despedirse, se afianza en esta convicción: «Un abrazo. Desde la Llaga de la mano derecha, te bendice tu Padre».
Aquel suceso, aquella luz inesperada, fue un signo de esperanza y constituyó sin duda un acicate para su trabajo sacerdotal. Gracias a esta iluminación divina, una realidad conocida y repetidas veces meditada –un camino transitado y recomendado por él mismo– se convirtió de repente en una novedad, una mina de riqueza inagotable, de la que no querría ya separarse.