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17 diciembre 2026

«La Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor» (y 2)

«La Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor» (y 2)
Lucas Buch

San Josemaría se veía llamado a redoblar sus esfuerzos, su oración y, en particular, sus penitencias. Sin embargo, a primeros de junio de 1938, mientras se dirigía al Monasterio de las Huelgas, donde estaba llevando a cabo una tarea de investigación, recibe una especial luz de Dios, que describe en una carta a Juan Jiménez Vargas, ese mismo día:

«Querido Juanito: Esta mañana, camino de las Huelgas, a donde fui para hacer mi oración, he descubierto un Mediterráneo: la Llaga Santísima de la mano derecha de mi Señor. Y allí me tienes: todo el día entre besos y adoraciones. ¡Verdaderamente que es amable la Santa Humanidad de nuestro Dios! Pídele tú que Él me dé el verdadero Amor suyo: así quedarán bien purificadas todas mis otras afecciones. No vale decir: ¡corazón, en la Cruz!: porque, si una Herida de Cristo limpia, sana, aquieta, fortalece y enciende y enamora, ¿qué no harán las Cinco abiertas en el madero? ¡Corazón, en la Cruz!: Jesús mío, ¡qué más querría yo! Entiendo que, si continúo por este modo de contemplar (me metió S. José, mi Padre y Señor, a quien pedí que me soplara), voy a volverme más chalao que nunca lo estuve. ¡Prueba tú!»

Llevaba tiempo recorriendo el camino de la Humanidad del Señor. También la devoción a las llagas de Cristo. Con todo, inopinadamente, se abrió ante él como «un Mediterráneo». Ahondó de golpe en el significado de Amor redentor que tenían aquellas heridas, y comprendió que el mejor modo de corresponder a tan gran Amor no consistía en lo que él pudiera hacer, sino justamente en sumergirse en Él: contemplándolo y dejándose abrazar enteramente por ese Amor.

Continúa la carta precisamente a propósito del esfuerzo que le supone su situación: «Siento una envidia enorme de los que están en los frentes, a pesar de todo». Y alude a la figura célebre de un sacerdote castrense, conocido por su vida penitente: «Se me ocurre pensar que, si no tuviera bien señalada mi senda, sería magnífico dejar corto al P. Doyle. Pero… eso me iría muy bien: nunca me costó gran cosa la penitencia. Sin duda, ésta es la razón de que me lleven por otro camino: el Amor». Su camino es el Amor: amar y dejarse querer. Al despedirse, se afianza en esta convicción: «Un abrazo. Desde la Llaga de la mano derecha, te bendice tu Padre».

Aquel suceso, aquella luz inesperada, fue un signo de esperanza y constituyó sin duda un acicate para su trabajo sacerdotal. Gracias a esta iluminación divina, una realidad conocida y repetidas veces meditada –un camino transitado y recomendado por él mismo– se convirtió de repente en una novedad, una mina de riqueza inagotable, de la que no querría ya separarse.