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16 diciembre 2026

ALGUNAS PISTAS PARA DESCUBRIR EL LENGUAJE DE DIOS

ALGUNAS PISTAS PARA DESCUBRIR EL LENGUAJE DE DIOS (1 de 7)
José Brage

Territorio de Perea, al este del Jordán, en la actual Jordania. En la cima de una colina elevada mil cien metros sobre el mar Muerto se yergue, imponente, la fortaleza de Maqueronte. Allí, Herodes Antipas ha encarcelado a Juan el Bautista (cfr. Mc 6,17)[1]. La mazmorra, fría y húmeda, se encuentra excavada en la roca. Todo está oscuro. Reina el silencio. Un pensamiento atormenta a Juan: el tiempo pasa y Jesús no se manifiesta con la claridad que él esperaba. Ha tenido noticia de sus obras (cfr. Mt 11,2), pero no parece hablar de sí mismo como el Mesías. Y, cuando le preguntan directamente, calla. ¿Es posible que se haya equivocado? ¡Él lo vio claramente! ¡Vio al Espíritu bajar del cielo como una paloma y permanecer sobre Jesús! (cfr. Jn 1,32−43). De manera que, intranquilo, manda a unos discípulos para que pregunten al Maestro:

«¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?» (Mt 11,3).

Jesús responde de una forma inesperada. En lugar de dar una contestación directa, dirige la atención hacia sus obras: «Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio». Una respuesta un poco incierta pero suficientemente clara para quien conozca los signos que las antiguas profecías de la Sagrada Escritura habían anunciado como propios del Mesías y de su Reino: «¡Revivirán tus muertos, mis cadáveres se levantarán!» (Is 26,19); «entonces se abrirán los ojos de los ciegos y se destaparán los oídos de los sordos» (Is 35,5). Por eso el Señor concluye animando a Juan a confiar: «Y bienaventurado el que no se escandalice de mí» (Mt 11,6).

En este episodio podemos reconocer algo que puede pasarnos a veces: que creemos no escuchar a Dios en la oración. Jesús se hace cargo de nuestra dificultad, pero nos invita a cambiar de perspectiva, abandonando la búsqueda de certezas humanas; quiere que entremos en ese misterioso juego en el que él habla a través de sus obras y de la Sagrada Escritura. En esas palabras finales —«bienaventurado el que no se escandalice de mí»— descubrimos una llamada a perseverar con fe en la oración, aunque a veces Dios no nos responda como esperamos.