Página inicio

-

Agenda

15 diciembre 2026

LUZ QUE NUNCA SE APAGA. La última palabra

LUZ QUE NUNCA SE APAGA (3 de 5)
La última palabra
Jaime Moya

Pedro jamás había escuchado un reproche semejante. Ni siquiera a los fariseos Jesús les había dirigido una acusación tan fuerte. En los días que siguieron no dejaría de dar vueltas a esta conversación. De piedra que resistiría al infierno había pasado a ser Satanás. Cuanto más se regocijaba en la alabanza, tanto más le dolía el reproche. Buscaría entender el porqué de la reacción del Señor, pero no lo conseguiría. Y como él, también los otros apóstoles tratarían de asimilar aquel episodio. «Podemos imaginar lo que debió ocurrir en el corazón de sus amigos, de sus amigos íntimos, sus discípulos: la imagen de un Mesías fuerte y triunfante entra en crisis, sus sueños se hacen añicos, y la angustia los asalta al pensar que el Maestro en el que habían creído sería ejecutado como el peor de los malhechores».

El apóstol sabía que Jesús lo amaba. Además, el hecho de que le pidiera que le acompañara a la cima de la montaña, junto a Santiago y Juan, manifestaba que confiaba plenamente en él. Le había llamado Satanás, sí, pero no se había alejado de él, ni tampoco le había dicho que ya no sería su piedra. Y tiempo después –todavía él no lo sabía– el Señor le confirmaría como cabeza de la Iglesia a pesar de haberlo negado tres veces durante la pasión. «La experiencia del pecado no nos debe, pues, hacer dudar de nuestra misión. Ciertamente nuestros pecados pueden hacer difícil reconocer a Cristo. Por tanto, hemos de enfrentarnos con nuestras propias miserias personales, buscar la purificación. Pero sabiendo que Dios no nos ha prometido la victoria absoluta sobre el mal durante esta vida, sino que nos pide lucha».

Cuando llegaron a la cima de Tabor, Pedro se detendría a contemplar el panorama. Quizá le vinieron a la cabeza aquellos momentos en los que los profetas de antaño habían encontrado a Dios en lo alto de un monte. Un lugar como aquel, desde donde se podía ver la vastedad de la creación, de un mundo que se pierde más allá del horizonte de la propia vista, lleva inevitablemente a pensar en la grandeza de Dios.

De repente, Pedro se dio cuenta de que algo pasaba con Jesús. «Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro» (Lc 9,29), «se puso resplandeciente como el sol» (Mt 17,2). También «sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos» (Mc 9,3). Los tres apóstoles vieron aparecer a dos hombres junto a Jesús que comenzaron a hablar con él. Se dieron cuenta de que «eran Moisés y Elías que, aparecidos en forma gloriosa, hablaban de la salida de Jesús que iba a cumplirse en Jerusalén» (Lc 9,30-31).

Mientras los escuchaba hablar, Pedro tal vez recordó que las Escrituras ya habían anunciado que el Mesías iba a sufrir. «Fue maltratado, y él se dejó humillar, y no abrió su boca; como cordero llevado al matadero» (Is 53,7). «Han taladrado mis manos y mis pies. Puedo contar todos mis huesos. Ellos miran, me observan, se reparten mis ropas y echan a suertes mi túnica» (Sal 22,18-19). Ahora todo cuadraba. Por fin comenzaría a intuir el significado de aquellas misteriosas palabras que le habían llevado a reprender a Jesús. El Mesías sería un rey, pero no a la manera humana, sino un rey crucificado. «Su rostro radiante y sus vestidos resplandecientes, que anticipan la imagen de resucitado, ofrecen a estos hombres asustados la luz, la luz de la esperanza, la luz para atravesar las tinieblas: la muerte no será el fin de todo, porque se abrirá a la gloria de la resurrección. Jesús, pues, anuncia su muerte, los lleva al monte y les muestra lo que sucederá después, la resurrección». La temida cruz, por tanto, no tendrá la última palabra. El Señor se refería a eso cuando le echó en cara que no sentía las cosas de Dios. Para Pedro la crucifixión era signo de muerte y de fracaso, pero para Jesús lo será de vida y de salvación.