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2 de septiembre de 1968
Las Catalinas
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
Estos Apuntes íntimos, a que se viene haciendo referencia, son escritos de carácter reservado que el Fundador, por deseo expreso, no quiso que se leyeran antes de su muerte. Venían de tiempo atrás, y entre ellos se contaban las notas sueltas que Josemaría llevó consigo para leer y meditar durante el retiro de octubre de 1928. Pero, como ya se ha dicho, ni el primer cuaderno de notas ni las cuartillas primitivas han llegado a nosotros, pues fueron destruidas por su autor. Lo que conservamos de los Apuntes da comienzo en el segundo cuaderno, en marzo de 1930.
El paquete que contenía los Apuntes íntimos apareció en el Archivo de la Prelatura, junto con otros y con su sobre, en el que el Fundador había escrito: En todo caso, después de mi muerte, estos papeles —lo mismo que los cuadernos que componen mis Apuntes íntimos— deben ponerse en manos de don Álvaro, sin que nadie los lea antes, para que haga aparte las notas oportunas, puesto que ese hijo mío es el único que, por haberle yo hablado de estos escritos muchas veces y detenidamente, está en condiciones de comentar y aclarar todo lo que necesite comentario o aclaración. Mariano. Roma, 2 de septiembre 1968.
Las anotaciones solían ser breves, sobre temas sueltos que, en un principio, escribió para su aprovechamiento espiritual y para considerarlas en la oración. Las denominaba Catalinas porque eran, como fue la Santa de Siena en su tiempo, un medio de mantener y avivar la inquietud de espíritu que antaño suscitaran en su alma las gracias extraordinarias, que venía recibiendo desde su primera llamada en Logroño. Como nos dice él mismo:
Son notas ingenuas —catalinas las llamaba, por devoción a la Santa de Siena—, que escribí durante mucho tiempo de rodillas y que me servían de recuerdo y de despertador. Creo que, ordinariamente, mientras escribía con sencillez pueril, hacía oración.
Los Apuntes, todos ellos manuscritos, llenan ocho cuadernos, sin contar catorce apéndices de hojas sueltas. No están íntegros, y en más de una ocasión estuvieron a punto de perecer. Quemé —confiesa su autor— uno de los cuadernos de apuntes míos personales —hace años—, y los hubiera quemado todos, si alguien con autoridad y luego mi propia conciencia no me lo vedaran.