-
18 de septiembre de 1951
Intentan echarlo de la Obra
Pilar Urbano
El hombre de Villa Tevere
El que reza nunca vuelve con las manos vacías. La respuesta del Cielo no se hizo esperar. Pocas semanas después, ya en septiembre, Juan Udaondo, uno de los numerarios que vivían en Milán, informaba al Padre de "algo inconcreto, pero muy inquietante", que le acababa de comentar el cardenal Schuster, monje benedictino y Arzobispo de Milán: Una persona importantísima... situada en un alto puesto, in alto loco, le había contado ciertas cosas sobre la Obra... "aunque yo no las creo, yo no las creo... yo estoy muy contento de que el Opus Dei trabaje en mi diócesis...".
Meses más tarde, en enero de 1952, el cardenal Schuster, conversando con dos de la Obra, Juan Udaondo y Juan Masiá, les pregunta:
- ¿Cómo está vuestro Fundador?
Ellos contestan con toda naturalidad:
- ¡Está muy bien...!
El prelado insiste:
- ¿Cómo lleva su cruz? ¿No tiene ahora una especial contradicción, una cruz muy fuerte?
- Bueno, pues... si realmente es así, estará muy contento, porque siempre nos enseñó que si estamos muy cerca de la Cruz, estamos muy cerca de Jesús...
- ¡No, no...! Decidle que tenga cuidado... Que se acuerde de su paisano, San José de Calasanz y también de San Alfonso María de Ligorio... ¡Y que se mueva!
El aviso señala con claridad a dos santos fundadores que sufrieron muy duros embates de manos de "hombres de la Iglesia". Uno de ellos, el aragonés José de Calasanz, fue expulsado por su propia gente, de la congregación que él mismo había fundado. Injuriado con crueldad y calumniado con saña, hubo de afrontar un proceso y un juicio público, ante el Tribunal de la Inquisición... También el napolitano Alfonso María, abogado de profesión, fundador de los misioneros redentoristas, bebió el licor amargo de la incomprensión, de la crítica y de la persecución.
Udaondo escribe al Padre, a vuela pluma, dándole noticia de la seria y urgente advertencia del cardenal Schuster. Escribe llorando. En la carta -que se conserva en el archivo de la Obra- puede apreciarse cómo en algún párrafo la tinta se ha desvaído, mojada por las lágrimas.
Además de la carta, viaja él mismo, de Milán a Roma. El 11 de febrero, estando en uno de los oratorios de Villa Tevere, entra el Padre. Se arrodilla a su lado. Y rompe a hablarle a media voz, sin dejar de mirar al Sagrario:
- Hijo, ¡cuántas veces me has oído decir, y bien de veras, que me gustaría no ser de la Obra, para pedir inmediatamente la admisión, como el último... y ser el primero en obedecer... obedecer a todos!. Yo, el Señor lo sabe, no he querido ser fundador de nada. Pero Dios lo ha querido así... Hijo mío, ¿has visto cómo quieren destruir la Obra y cómo me atacan?... Es lo de "golpead, matad al pastor, y se dispersarán las ovejas"... Yo te digo aquí, delante del Sagrario, que si me echan de la Obra, ¡me matan...!
A Escrivá se le quiebra la voz en un sollozo. Oculta el rostro entre sus manos. Giboso, giboso... No cabe más dolor entre su corazón y su camisa. Es un hombre en carne viva.
Desde que llegó la carta de Udaondo, Escrivá se ha movido. Ha ido a explicar y a pedir explicaciones en los más altos niveles de la Santa Sede. Habla con Tedeschini, con Larraona, con Piazza, con Tardini, con Ferreto, con Baggio... Protesta con coraje:
- Si ustedes me echan del Opus Dei, sepan que son unos criminales: La Obra es mi vida, y si me separan de ella, me matan... ¡me asesinan!
Se le responde con evasivas:
- ¡Pero monsignore... no hay nada ni nadie...!
Monseñor Escrivá hace algo inusual en aquel protocolo palatino de la Curia romana de entonces, antes del Vaticano II: utiliza como "intermediario" al cardenal Tedeschini, que en esos mismos días, el 24 de febrero, acaba de ser nombrado "Protector" del Opus Dei. Le entrega una carta, filial y respetuosa, pero clara como el agua; en la que, más que defender los derechos de la Obra y los suyos propios, advierte con seriedad del grave pecado de injusticia que se va a cometer, si la patraña urdida sigue su curso. La carta, aunque va dirigida a monseñor Tedeschini, como "valedor" oficial del Opus Dei ante la Santa Sede, tiene un más alto destinatario: el Papa.
El cardenal, a la vista del hondo calado de lo que se está perpetrando, se compromete a leer esa carta personalmente a Pío XII, "en la primera ocasión que me sea posible".
El 18 de marzo de ese mismo 1952, se presenta la oportunidad. Pío XII reacciona con rapidez. El proceso -avanzadísimo y a punto de abatirse contra el Fundador del Opus Dei- se detiene en seco.
A Escrivá se le escapa un grito de silencio, al fin de todo este hiriente suceso. Lo pone por escrito en una de las hojas de su agenda de bolsillo: "Sin pretenderlo, los que persiguen santifican... Pero, ¡ay de esos perseguidores!"
Está al cabo de la calle de quiénes son los que le hostilizan. No los nombra. No los señala. No descubre su identidad. Pero no puede evitar pensar en ellos cuando, veinte años más tarde, en 1972, el teléfono suene de madrugada y alguien pregunte si ¿monsignore Escrivá é morto?: "Son los mismos que en 1951 querían echarme de la Obra. Si lo hubiesen conseguido, me habrían matado. Y ahora siguen queriendo matarme...".