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17 septiembre 2027

Pide una herencia a su familia

17 de septiembre de 1934
Pide una herencia a su familia

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

Al menos ya se encontraban instalados en la calle de Ferraz. En el intervalo se había resuelto el problema económico que les había traído de cabeza semanas antes. Las cosas sucedieron así: el 16 de septiembre don Josemaría salió de Madrid para Fonz, donde se encontraban su madre y hermanos, con objeto de continuar las gestiones de venta de las fincas que les correspondían por herencia después de la muerte, el año anterior, de mosén Teodoro. El viaje fue pintoresco, pues el sacerdote compartía el departamento del tren con una familia madrileña, que llevaba una mona para amenizar la excursión. El sacerdote, desentendiéndose de sus compañeros de viaje, aprovechó el tiempo, ocupado en descubrir iglesias en medio del paisaje: Yo me dediqué —ya desde Madrid— a un deporte a lo divino: otear el horizonte, para decirle algo a Jesús en los Sagrarios del camino.

Pasó la noche en Monzón y al día siguiente, ya en Fonz, pensó que había llegado, por fin, el momento de plantear el problema económico a la familia, y hablarles de la Obra. Luego escribió a los madrileños con gran alegría, como quien se ha quitado de encima un peso de muchos años:

Fonz, 17 de septiembre de 1934.

Jesús os guarde. Llegué esta tarde, a las cinco. He hablado con Mamá y mis hermanos: mucho encomendé el asunto a San Rafael... y nos oyó. Mi Madre os pondrá unas líneas. Mañana iré a Barbastro con mi hermana Carmen, para activar el asunto.

Tres días después les explicaba, con abundancia de detalles, lo ocurrido en aquella famosa entrevista:

Siguiendo un orden cronológico, brevemente, quiero contaros todas mis andanzas. Veréis: Al cuarto de hora de llegar a este pueblo (escribo en Fonz, aunque echaré estas cuartillas, al correo, mañana en Barbastro), hablé a mi Madre y a mis hermanos, a grandes rasgos, de la Obra. ¡Cuánto había importunado para este instante, a nuestros amigos del Cielo! Jesús hizo que cayera muy bien. Os diré, a la letra, lo que me contestaron. Mi Madre: "bueno, hijo: pero no te pegues ni me hagas mala cara". Mi hermana: "ya me lo imaginaba, y se lo había dicho a mamá". El pequeño: "si tu tienes hijos..., han de tenerme mucho respeto los mochachos, porque yo soy... ¡su tío!" Enseguida, los tres, vieron como cosa natural que se empleara en la Obra el dinero suyo. Y esto, —¡gloria a Dios!—, con tanta generosidad que, si tuvieran millones, los darían lo mismo.

Vamos a hablar de ese estiércol del diablo, que es el dinero: creía mi Madre que podría sacar 35 ó 40.000 ptas [...].

En resumen: mañana bajo a Barbastro con Guitín —desde allí iré a Monzón a hablar con vosotros, porque en Barbastro de todo se enteran— y el Sr. Juez me ha prometido que el día uno de octubre se acaba todo el papeleo, a Dios gracias.

Naturalmente, procuraré que se venda el martes o miércoles próximos —antes, imposible—, y se girará lo que sea [...].

Mientras: ¿por qué no intentáis comprar muebles, como se hace corrientemente con las fábricas, a pagar en 30 días o en más?

Desde luego, yo no me muevo de aquí, sin el dinero ¡cueste lo que cueste!

A otra cosa: están conformes en que duerma en la Academia y me lleve allí todos los chismes de mi cuarto. Así se llevan la criada que tienen aquí, que de otro modo no podrían llevarse, por no tener habitación.

Empezaron los de Madrid a buscar muebles y accesorios domésticos con gran entusiasmo, esperando la llegada de don Josemaría, que cumplió su promesa de no volver sin el dinero. Enseguida recibieron otra carta desde Fonz, en la que se anunciaba: el miércoles —o quizá mañana— pueda mandaros un primer pellizco, de las 20.000 que necesitamos.

Al regreso de don Josemaría se procedió a ultimar la instalación. Ricardo, el arquitecto, que sería el director de esa Academia-Residencia, dice que «se amuebló lo más imprescindible». Se compró el menaje de cocina y vajilla; y se consiguió un crédito a plazos para la ropa de cama en los "Almacenes Simeón". Pero, desgraciadamente, como el dinero no había alcanzado más que para completar un dormitorio de dos camas, en una de las habitaciones vacías se apilaban en el suelo colchones, mantas, sábanas, toallas y almohadas.

Decidió don Josemaría bendecir cuanto antes la casa. Una tarde, ya anochecido, procedió a la ceremonia. A la triste luz de unos cabos de vela, pues se había producido un apagón de electricidad en la casa, fue recorriendo los cuartos y rociándolos generosamente con agua bendita:

Teníamos ropa, que me habían dado unos grandes almacenes a crédito, para pagarla cuando pudiera. Y no teníamos armarios para guardarla. En el suelo habíamos puesto con mucho cuidado unos papeles de periódico, y encima la ropa: cantidades inmensas [...]. Pues me traje del Rectorado de Santa Isabel un acetre con agua bendita y un hisopo. Mi hermana Carmen me había hecho un roquete espléndido [...]. También me traje de Santa Isabel una estola y un ritual, y fui bendiciendo la casa vacía: con una solemnidad y alegría, ¡con una seguridad!