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14 de septiembre de 1938
El Señor le prueba en su retiro de Silos
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
Con fecha 14 de septiembre anotó don Josemaría una de esas rarísimas y aisladas catalinas del verano de 1938. Dice así:
Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, 14-9-38. Pedí al Señor, con todas las veras de mi alma, que me dé su gracia para exaltar la Cruz Santa en mis potencias y en mis sentidos... ¡Una vida nueva! Un resello: para dar firmeza a la autenticidad de mi embajada... ¡Josemaría, en la Cruz! —Veremos, veremos. —R.Ch.V.
Sabemos las circunstancias en que fue acuñada esta catalina, ya que los días de retiro espiritual del sacerdote solían ir precedidos de ansias vivas de hallarse a solas con Dios. Y no sólo ganas, absoluta necesidad física tenía don Josemaría de descansar en medio del campo, por ocho o diez días, sin más compañía que Manolito (el Señor), como dice a Isidoro. Pero, como también solía ocurrirle, tan pronto se preparaba para estar a solas con Él, comenzaba a notar, en la víspera misma del retiro, un extraño fenómeno: que se le apagaba totalmente el entusiasmo de los sentidos, como el hierro al rojo vivo, metido en agua fría.
La tarde del 25 de septiembre salió de Burgos en autobús de línea, camino del monasterio benedictino de Silos, donde iba a hacer su retiro espiritual de 1938. Llegó allí a las siete; y a las ocho el delgado son de una esquilita le llamaba para la cena. Antes de penetrar en el refectorio, el padre Abad, según costumbre monástica, recibió al huésped con la ceremonia del lavamanos.
A las nueve menos cuarto —contará luego a sus hijos— ya estaba retirado en mi celda. A las diez y cuarto han apagado el gas. Son, en este momento, las once y cuarto. Entre rezar y escribir estas cuartillas, se pasó el tiempo. Noto frío. Haré un poco de gimnasia; rezaré mis oraciones de niño y las Preces; haré el examen; después, las tres avemarías de la Pureza, el miserere, y a acostarme en la cama.
¡Juanito!: ¡cómo te reirías, si me vieras hacer gimnasia!
Cenó poco y durmió menos. Anduvo agitado, con pesadillas, oyendo casi todas las campanadas del reloj durante la noche. Con el pensamiento en vela recorrió, uno a uno, a todos los suyos, a los que dormían en Burgos, en el frente o en Madrid:
Mil veces hoy he pensado en todos y en cada uno de mis hijos; especialmente, en los que están en la zona roja. También en la abuela y en mis hermanos, y en los padres y hermanos de todos.
Tres días después, resumió en breves líneas su estado de ánimo, prometiendo no hacer más anotaciones:
Monasterio de Santo Domingo de Silos, vísperas de la Dedicación de San Miguel Arcángel, 28, sep. de 1938. Llevo tres días de retiro... sin hacer nada. Terriblemente tentado. Me veo, no sólo incapaz de sacar la Obra adelante, sino incapaz de salvarme —¡pobre alma mía!— sin un milagro de la gracia. Estoy frío y —peor— como indiferente: igual que si fuera un espectador de "mi caso", a quien nada importara lo que contempla. No hago oración. ¿Serán estériles estos días? Y, sin embargo, mi Madre es mi Madre, y Jesús es —¿me atrevo?— ¡mi Jesús! Y hay bastantes almas santas, ahora mismo, pidiendo por este pecador. ¡No lo entiendo! ¿Vendrá la enfermedad que me purifique?
El Señor continuaba purificando sus potencias y sentidos con tormentos, tentaciones, humillaciones y arideces, para exaltar en ellos la Cruz. Tragos amargos de la noche oscura del alma. Y así, sin ánimo ni para invocar a su Custodio —al Relojerico—, el alma del Fundador se hallaba con la sensibilidad dormida y el pensamiento lejos, muy lejos de Dios, lejos ¡hasta en la Misa! En la celda de Santo Domingo, donde había entonces una capilla, vio claramente confirmado que su método era estar en las pequeñeces más pueriles, como tiempo atrás, aunque le pareciese que estaba haciendo comedia; y perseverar, en esas menudencias heroicas (la sensibilidad, dormida para el bien, no cuenta), por meses y hasta por años, con mi voluntad fría, pero decidida a hacer esto por Amor.