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22 de agosto de 1938
La tragedia de la mantequilla
Pedro Rodríguez
Camino, edición crítica
205* Leíamos -tú y yo- la vida heroicamente vulgar de aquel hombre de Dios. -Y le vimos luchar, durante meses y años (¡qué «contabilidad», la de su examen particular!), a la hora del desayuno: hoy vencía, mañana era vencido... Apuntaba: «no tomé mantequilla..., ¡tomé mantequilla!»
Ojalá también vivamos -tú y yo- nuestra..., «tragedia» de la mantequilla
Octavilla redactada en Burgos, avanzado ya el año 1938. Aquel «hombre de Dios» era el P. William Doyle, jesuita irlandés (1873-1917), hombre de gran celo apostólico. En 1917 se alistó voluntariamente como capellán en el ejército británico; su valor y entrega en medio de los peligros le ganaron la admiración de los que le rodeaban. Murió en agosto de 1917, en la batalla de Ypres. Después de su muerte, al conocerse sus escritos espirituales, se supieron muchos hechos de su vida penitente en cosas grandes, pero sobre todo en mil detalles pequeños. Vid Vida del P. Guillermo Doyle S.J., por el Profesor Alfredo O'Rahilly, traducida de la cuarta edición inglesa por el P. Aurelio Ubierna S.J., Valladolid, Impr. Casa Social Católica, 1929. Este libro fue el que leyó Josemaría Escrivá en 1933, como él mismo dejó constancia en su Cuaderno VI, recogiendo la palabra que pasó años después al punto de C:
«He leído de prisa la vida del P. Doyle: ¡qué bien entiendo la tragedia de la mantequilla!».
¿Cuál era esa tragedia de la mantequilla, con la que conectó tan vivamente Josemaría Escrivá? He aquí unos textos de la citada biografía: «Tomaba disciplinas muy duras. Además, con tomar el té sin azúcar, el pan sin mantequilla y la carne sin sal, hizo de sus comidas una serie continua de mortificaciones. Naturalmente tenía muy buen apetito y gusto fino por dulces y golosinas. De todo hizo una palestra de abnegación propia». En efecto, el lector comprueba que lo que el Autor de C llamó «tragedia de la mantequilla» bien merecía ese nombre aplicado al P. Doyle. Realmente edifica el diario del P. Doyle sobre el tema: «Una fuerte tentación durante la Misa y la acción de gracias de quebrantar mi propósito y dar gusto a mi apetito en el desayuno. La idea de un desayuno de pan seco y te sin azúcar en el futuro, me parecía intolerable (18-IX-1913)». «Dios me ha estado urgiendo fuertemente durante estos Ejercicios a dejar completamente la mantequilla. Lo he hecho así en muchas comidas sin ningún inconveniente; pero en parte volví atrás por respeto humano y por miedo a que otros lo notaran. Mas, aunque fuera así, ¿qué importaría? Una cosa siento que me pide constantemente Jesús y no tengo el valor para dársela: dejar completamente la mantequilla (IX-1913)». «Por ahora tomaré mantequilla con dos bocados de pan en el almuerzo; pero no en las otras comidas (29-VII-1914)». A esta resolución parece haberse atenido.
La primera edición inglesa de C, que respondía a la traducción hecha por el irlandés Fr. Cormac Burke, expresaba la «tragedia de la mantequilla» con toda fidelidad («butter tragedy»). Pero desde la revisión realizada por el también irlandés Michael Adams, las ediciones de C en las Islas Británicas cambiaron la expresión emblemática por «marmalade tragedy», primero, y «sugar tragedy», después: la tragedia ahora era la mermelada o el azúcar.
El cambio había aparecido con ocasión de una revisión del texto inglés. El revisor había explicado que él pensaba que el Autor se estaba refiriendo a un personaje español y que así se comprendía una mortificación planteada en torno a la mantequilla. En Irlanda no se podía concebir una persona que no tomase mantequilla en el desayuno. Y así apareció «la tragedia de la mermelada o del azúcar»... Álvaro del Portillo, que en 1981, estando en Irlanda, escuchó esta explicación, aclaró que el protagonista era el P. Doyle, ¡un irlandés!, y comentaba: «O sea, que, como dicen en Italia, traduttore, traditore». La «butter tragedy» retornó al texto inglés....
Pero volvamos a la redacción del p/205. Unos días después de escribir en su Cuaderno la anotación arriba transcrita, Josemaría Escrivá hizo su Retiro espiritual de ese año 1933. Allí anotó algo que practicaba de tiempo atrás pero que ahora formula como uno de los propósitos del retiro, y lo expresa con los términos del futuro punto de C: una de estas «tragedias» (o «epopeyas», como aquí las llama):
«Esto último, no leer periódicos, para mí supone ordinariamente una mortificación nada pequeña; sin embargo, con la gracia de Dios, fui fiel hasta el fin de la discusión parlamentaria de la Ley (!) contra las Congregaciones religiosas. ¡Qué luchas, las mías! Estas epopeyas sólo pueden entenderlas, quienes hayan pasado por ellas. Alguna vez, vencedor; las más veces, vencido».
La redacción del punto de C en 1938 rememora, pues, la lectura del libro hecha años atrás. Y hecha -dice- conjuntamente (o simultáneamente) con otra persona: leíamos tú y yo... Concluyo de la documentación que he podido manejar que el otro lector del libro era Juan Jiménez Vargas: hacía unos meses que se había incorporado al Opus Dei y el Beato Josemaría le recomendó la lectura del libro. Copio un intercambio de cartas, hecho en 1938, en las que el Autor y el médico aluden con humor y afecto al santo sacerdote irlandés. Escribe Josemaría Escrivá:
«Siento una envidia enorme de los que están en los frentes, a pesar de todo. Se me ocurre pensar que, si no tuviera bien señalada mi senda, sería magnífico dejar corto al P. Doyle. Pero... eso me iría muy bien: nunca me costó gran cosa la penitencia. Sin duda, ésta es la razón de que me lleven por otro camino: el Amor».
Jiménez Vargas le escribe en carta de octubre de ese año:
«Mandaría una especie de diario con muchas, muchísimas pequeñas tragedias de la mantequilla, pero... como no todo son tragedias ya pensaré si lo escribo. Ya sabe que me horripila escribir pringosidades».
La ocasión concreta para redactar la octavilla bien pudo ser el repaso de sus guiones de predicación en la fase final de preparación del libro. En uno de 22 de agosto se lee:
«Práctica: ejemplos de cosas pequeñas. El minuto heroico: la tragedia de la mantequilla (Doyle)».
Y ya antes, en el retiro de Salamanca:
«Mortificación interior y exterior. El minuto heroico: la tragedia de la mantequilla».