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8 de julio de 1974
El Padre en Chile
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
Durante esos días consagró altares, visitó Centros, estuvo con el Cardenal-Arzobispo de Santiago, celebró veinticinco reuniones públicas, y otras tantas privadas, todo sin dar señales de agotamiento. En su predicación era tema constante el Sacramento de la Penitencia, premisa para aquellas almas que habían abandonado la práctica de la fe y querían acercarse de nuevo a Dios. Y predicaba a gritos:
¡A confesar, a confesar, a confesar! Que Cristo ha derrochado misericordia con las criaturas. Las cosas no marchan, porque no acudimos a Él, a limpiarnos, a purificarnos, a encendernos. [...].
¡El Señor está esperando a muchos para que se den un buen baño en el Sacramento de la Penitencia! Y les tiene preparado un gran banquete, el de las bodas, el de la Eucaristía; el anillo de la alianza y de la fidelidad y de la amistad para siempre. ¡Que vayan a confesar! Vosotros, hijas e hijos, acercad las almas a la Confesión. ¡No hagáis que sea inútil mi venida a Chile! ¡Que sea mucha la gente que se acerque al perdón de Dios!
El lunes, 8 de julio, víspera de la partida del Padre para Lima, hubo una tertulia en Tabancura. Algunos no pudieron asistir esa mañana, a causa del trabajo. Pero fueron muchos los que a la hora de comer se lanzaron a la carretera, para llegar a primera hora de la tarde al santuario mariano de Nuestra Señora de Lo Vásquez, adonde acudiría el Padre. Dista el santuario unos noventa kilómetros de la capital. Tan pronto llegó a la explanada delante del templo, se emocionó al ver la multitud de personas que habían sacrificado el almuerzo para acompañarle en el rezo del rosario. Las monjas que cuidaban del santuario habían vestido a la Virgen con sus mejores galas; y no faltaba gran cantidad de flores. Antes de salir a la explanada se puso el Padre unas gafas oscuras. No sólo para defenderse del sol. Es que no vería ya más a aquellas gentes, y le embargaba la emoción.