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7 julio 2027

Primeros pasos del beato Álvaro

7 de julio de 1935
Primeros pasos del beato Álvaro

John F. Coverdale

La Fundación del Opus Dei

En julio, unos meses antes que Casciaro y Botella, había pedido la admisión Álvaro del Portillo, estudiante de Ingeniería de Caminos. Del Portillo era un joven apuesto y atlético, de familia acomodada y aficionado a los toros. Escrivá rezaba por él desde 1931 cuando una tía suya, voluntaria en el Patronato de Enfermos, le habló de su sobrino Álvaro cuando Escrivá le preguntó si conocía a buenos estudiantes que pudieran interesarse en las actividades apostólicas que pensaba organizar.

Al contrario que Casciaro, del Portillo había recibido una esmerada educación religiosa e iba a Misa y rezaba el Rosario casi a diario, aunque manifestaba poco interés por las asociaciones religiosas de estudiantes, altamente politizadas y muy abundantes en Madrid durante esos años. En el año académico 1933-34, del Portillo y otros estudiantes participaban en las actividades de la Conferencia de San Vicente de Paúl en Vallecas, barriada extremadamente pobre en las afueras del Madrid de entonces. Allá acudían regularmente para enseñar catecismo a los niños e intentar aliviar los sufrimientos de los pobres y enfermos.

Algunos trabajadores socialistas y anarquistas que vivían en el barrio detestaban esas visitas y decidieron dar una lección a los estudiantes. El domingo 4 de febrero de 1934, el grupo de jóvenes que iba calle abajo por la vía principal de Vallecas notó que en los balcones de las casas había mucha más gente que de costumbre. Parecían esperar que sucediera algo. Pronto descubrieron de qué se trataba: un grupo de quince o veinte hombres les atacó brutalmente. A uno le arrancaron la oreja, a Álvaro le golpearon en la cabeza con una llave inglesa y le hicieron una gran brecha. Los estudiantes lograron escapar lanzándose a la estación de metro vecina y cogiendo un tren a punto de salir.

El médico de urgencias que prestó a del Portillo los primeros auxilios fue negligente y la herida se infectó. Tuvieron que pasar tres meses antes de que Álvaro se recuperara del todo de aquel ataque.

Otro estudiante que también acudía a las Conferencias de San Vicente de Paúl presentó a del Portillo a Escrivá en febrero de 1935. Su primera entrevista sólo duró unos minutos, pero antes de que concluyera quedaron citados para verse unos días después. Cuando del Portillo llegó para la cita, Escrivá no estaba y no había dejado mensaje.

No se volvieron a ver hasta comienzos del verano. Del Portillo estaba a punto de marcharse de vacaciones de verano y decidió despedirse de Escrivá antes de viajar. Esta vez pudieron hablar largo y tendido. Escrivá le sugirió que retrasara su salida un día para asistir al retiro que tendría lugar al día siguiente en la residencia. Del Portillo no sabía en qué consistía un día de retiro y no tenía ganas de asistir, pero accedió. Aunque sólo habían hablado una vez con profundidad, Escrivá vio que del Portillo podía entender el Opus Dei. Durante el día de retiro uno de los miembros de la Obra le explicó la vocación al Opus Dei, y él, inmediatamente, pidió la admisión. Era el 7 de julio de 1935.

Hasta ese día el procedimiento para pertenecer a la Obra había sido comunicar verbalmente a Escrivá el deseo de ser admitido. En esta ocasión, sin embargo, Escrivá indicó a del Portillo que le escribiera una breve carta. A partir de entonces, éste sería el procedimiento para pedir la admisión en el Opus Dei. La carta de Álvaro era corta e iba al grano, no decía más que que él había conocido el espíritu de la Obra y quería formar parte de ella.

Para aprender más sobre su vocación, del Portillo decidió quedarse en Madrid durante el verano. Para atenderle, Escrivá anuló sus planes de pasar unos días en casa del vicario general de Madrid. Tras un año de intensísimo trabajo, el Padre necesitaba un descanso. Además de sus deberes como rector de Santa Isabel y de visitar a los enfermos, llevaba el peso del apostolado del Opus Dei. Predicaba meditaciones y días de retiro, daba círculos y atendía espiritualmente a muchos y trabajaba continuamente para fomentar el espíritu de familia en la residencia. Visitaba a gente para pedirle dinero para DYA. Sustituía a un profesor enfermo, lavaba los platos, barría los suelos. Además, escribía largas cartas personales, instrucciones internas para los miembros de la Obra y libros para el gran público. A comienzos de verano estaba tan agotado -y se le notaba- que el vicario general se empeñó en que se tomara unos días de descanso, pero él decidió quedarse para dar a del Portillo la primera formación sobre el espíritu del Opus Dei.

Como del Portillo no había asistido a los círculos que se habían dado a lo largo del año, se los repetiría durante el verano. Años después, del Portillo recordaba: “Me explicó el espíritu de la Obra y me aconsejó que rezara muchas jaculatorias, comuniones espirituales..., y ofreciese abundantes mortificaciones pequeñas a lo largo del día. Al hablarme de las jaculatorias, me comentó: hay autores espirituales que recomiendan contar las que se dicen durante la jornada, y sugieren usar judías, garbanzos o algo por el estilo; meterlas en un bolsillo, e irlas pasando al otro cada vez que se levanta el corazón a Dios, con una de esas oraciones. Así pueden saber cuántas han dicho exactamente, y ver si ese día han progresado o no. El Padre añadió: yo no te lo recomiendo, porque existe también el peligro de la vanidad o soberbia. Más vale que lleve la contabilidad tu Ángel Custodio”.