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25 junio 2027

Humildad de san Josemaría

25 de junio de 1944
Humildad de san Josemaría

François Gondrand

Historia del Opus Dei y de su Fundador

Aquel 25 de junio, tras la ceremonia de la ordenación, había tenido una reunión de familia con sus hijos, con asistencia del obispo de Madrid. Al final, el Padre, en el oratorio, había pronunciado unas palabras:

Cuando pasen los años... y yo, por ley natural, haya desaparecido hace ya mucho tiempo, vuestros hermanos os preguntarán: ¿qué hacía el Padre el día de la ordenación de los tres primeros? Respondedles sencillamente: el Padre nos repitió lo de siempre: oración, oración, oración; mortificación, mortificación, mortificación; trabajo, trabajo, trabajo.

Aquellos tres primeros sacerdotes eran, sin duda, fruto de su oración, prolongada años y años. Con todo, no sin largas vacilaciones se había resignado a que se ordenaran precisamente esos tres hijos suyos, que eran de los primeros y de los cuales se podían esperar muchos frutos apostólicos en su trabajo profesional. No obstante, su tristeza se tornaba en gozo al pensar en el inmenso bien que harían estos sacerdotes, y los que vendrían después, trabajando codo a codo con sus hermanos seglares; aunque serían siempre una ínfima minoría en proporción con éstos.

La ordenación de estos tres ingenieros no había pasado inadvertida. Los periódicos de Madrid habían señalado la presencia en la ceremonia de un representante del Nuncio de Su Santidad en España, de numerosas personalidades eclesiásticas y de muchos profesores y alumnos de las facultades y escuelas especiales donde los nuevos sacerdotes habían cursado sus estudios. El acontecimiento había suscitado gran interés, pero también ciertos comentarios acerbos de algunos eclesiásticos, quienes, callando que los nuevos presbíteros habían hecho sus estudios durante varios años dirigidos por excelentes profesores, ponían en duda -como había previsto don Josemaría- la seriedad de su formación.

Había otras críticas que le divertían más, como la de quienes decían que, ahora, iba a matarles a trabajar... Ciertamente, no faltaba trabajo, y menos para estos sacerdotes que venían como llovidos del cielo. La Obra les había puesto inmediatamente a trabajar en su ministerio y las almas habían recibido aquella labor como la tierra las primeras lluvias de otoño. Además de la administración de los sacramentos, ¡qué ayuda para el Padre en la predicación y en la dirección de las almas! Y no sólo de las de sus hijas e hijos, sino también de otras muchas personas que se acercaban a la Obra.