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6 de mayo de 1937
La vida en el Consulado de Honduras
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
En un primer momento, el amparo de una sede diplomática significaba haber superado el riesgo de detención o el peligro de muerte. Pero luego, paulatinamente, sobrevenía un asustadizo pensamiento de inseguridad, que atenazaba la imaginación. En el caso de Honduras, no podían olvidar del todo los asilados que no se hallaban bajo el amparo seguro de un pabellón de misión diplomática sino en un Consulado General, por lo que los rumores sobre un posible asalto, y la insuficiente garantía del asilo, les agrandaban el miedo. Sobre todo cuando llegó la noticia del allanamiento del consulado del Perú. El hecho tuvo lugar en la noche del 5 al 6 de mayo de 1937, en que las autoridades de Madrid enviaron fuerzas armadas a los locales del Consulado y se llevaron detenidos a todos los refugiados, en total 300 españoles y 60 peruanos.
Este suceso provocó una crisis de pánico colectivo en un grupo de asilados. Imaginaban en peligro su seguridad si don Josemaría, que decía Misa casi todas las mañanas en el vestíbulo de entrada, era denunciado por alguien y se presentaba la policía. Tampoco el Cónsul, por lo que nos refiere su hija, se consideraba a salvo: «la gente tenía miedo y le parecía que podían quedar comprometidos, por lo que —desde que mi padre le dijo que era peligroso celebrar la Santa Misa— siempre la celebraba en la habitación que ellos ocupaban».
Por la mañana temprano, cuando todavía no se habían levantado los demás refugiados, el Padre daba la meditación a los suyos. «Sus palabras —recuerda uno de los oyentes—, unas veces serenas, otras impetuosas y emotivas, siempre luminosas, descendían sobre nosotros y parecían posarse en nuestra alma». Comentaba el Evangelio, les hablaba de la persona y vida de Cristo, y se preparaban todos para asistir a misa.
Luego, el sacerdote colgaba de la pared un Crucifijo y extendía los corporales sobre una maleta. Una vez terminada la misa, las Sagradas Formas no consumidas se conservaban en una cartera, que cada día guardaba uno, por turno, para dar de comulgar a otras personas, o entregárselas a Isidoro para que repartiese la Comunión a los miembros de la Obra que estaban fuera del Consulado. En la pobreza de aquel cuartucho se celebraba misa con sabor de catacumba. Al relatarlo a los de Valencia, con sencilla y festiva naturalidad, añade el Padre los ingredientes necesarios para salvar la censura:
Pues, Señor, que D. Manuel me invita a almorzar con la familia. Y vamos. ¿Cómo no, con el hambre que hace? Y resulta que, con estos problemas de evacuación en Madrid, no hay nada de lo que, en otros tiempos se creía necesario. Hoy —por hoy, deduciréis lo de los demás días— no habiendo mesa, se improvisó con un cajón de tablas que debió contener naranjas. Sobre él, una, dos y tres maletas. Después una servilleta, no muy limpia —¡Don Manuel!— y dos más pequeñas de las corrientes. Se empeñó —nos empeñamos— en que presidiera el banquete un retrato del anfitrión, colocado en la pared pulcramente clavado con una aguja. Más tarde, el acabose: a pesar de la escasez, nos ha sobrado pan para unos días. Y estos criotes me han salido como si hubieran pasado por el patio de Monipodio: me han robado la cartera —¡asómbrate!—, aquella carterita africana que me trajo Isidoro, y, para no reñir entre ellos, la guarda cada día uno, con riguroso turno. Y yo me aguanto, igual que si estuviera en la dulce higuera.