-
5 de mayo de 1937
Días de hambre
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
¿En qué consistía su comida? Escribiendo a los de Valencia, les da noticias suyas y de su hermano:
El peque Santiaguito se ha quedado en los huesos: los míos, aunque otra cosa os digan por ahí, todavía tienen demasiada carne, a pesar de no comer más que dos cazos de arroz al mediodía (estamos de arrós, hasta aquí: lo alto de la coronilla, si se me permite el término, retrógrado, oscurantista y clerical) y, por la noche, otros dos cacitos de sopas de ajo.
No hay mal que cien años dure. Paco: ¿no es verdad que estoy desconocido, hablando hasta de comida?
Y más adelante: Ya nos varían de cuando en cuando el menú. ¡El abuelo, hablando de re culinaria!, como diría un clásico. Pues, sí: el hambre, dije mal, el apetito hace milagros. Ayer, al mediodía, nos dieron arroz con habas: con unas habas de edad respetable, a las que no quisieron quitar sus consistentes calzones... Y, por la noche, cebolla cruda con pedazos de naranja (nos pareció estupenda, pero revolucionaria: ¡qué modo de apresurarse, al día siguiente!), y, en aquellos tazones que ya conocéis, una buena cantidad de un líquido muy líquido, con lejano sabor a canela que se agarraba a la garganta. Nos aseguraron que era chocolate. ¡Se hacen ahora tantos descubrimientos!
El tono festivo en que se dirige a sus hijos valencianos, a fin de entretenerlos y disipar sus preocupaciones, adquiere duros contrastes con el de las cartas a los de Madrid. Éstos estaban perfectamente enterados del hambre que sufrían en el Consulado, donde hasta las migajas de pan recogían.
Alguna petición hizo, sin duda, Isidoro a los del "Levante feliz", como llamaban entonces a las provincias valencianas, alejadas del frente de guerra y con abundancia de víveres, gracias a su fertilidad: ¡Ah!: si mandan algo de Valencia —decía el Padre a Isidoro—, no me olvidéis que aquí tengo cuatro de los nuestros con hambre. A mí, me sobra lo que dan. Pero ellos y Santiago necesitan más [...]. ¡Cómo me molesta, aun hablar, cuánto más escribir, de este asunto de manducatoria!
A los dos días, y para que no interpreten su anterior petición como apremiante grito de famélicos, puntualiza: ¿Pan? Nos sobra [...]. ¡Ah! Y mucho ojo con enviar nada que vosotros no tengáis. Quiero, exijo, que en primer término os preocupéis de vosotros mismos. Creo que está claro, ¿eh?
De la angustiosa escasez de comestibles da también idea el alborozo con que saluda la llegada de un refuerzo de provisiones, el 5 de mayo: Hoy nos han traído queso y huevos, de parte de mi sobrino Isidoro. Hace unos meses que no habíamos, ni visto, ni olido semejantes manjares.
Ante todo, aquel sacerdote se preocupaba de distribuir entre unos y otros los alimentos que conseguían. No se guiaba por el dicho popular: "quien parte y bien reparte se lleva la mejor parte". Al revés, se las arreglaba para dar la impresión de que comía igual que los demás. En realidad, y sin que nadie lo notase, se llevaba la peor parte. Es decir, se aprovechaba de la escasez para apretarse aún más el cinturón. Pero algunos de sus ayunos no lograban pasar inadvertidos. A este propósito cuenta su hermano Santiago que todos los refugiados esperaban la noche del domingo como niños con la ilusión de una golosina. La cena de los domingos era de migas con chocolate; pero «los domingos Josemaría no cenaba nunca». Y, para prevenirse contra los placeres del gusto, continuó en el Consulado con su vieja costumbre de paladear acíbar. El producto era de libre venta y no quería privarse de él. Las circunstancias de la guerra y de las privaciones por las que tenían que pasar no las consideraba el sacerdote como suficientes para eximirle de vivir hasta en los más mínimos detalles el espíritu de penitencia, sino todo lo contrario. De ahí la nota a Isidoro, el 30 de mayo: Envíame un par de reales de acíbar. De seguro que tendrán en la farmacia de Eugenio, o en cualquier droguería. Que sea en polvo.