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4 mayo 2027

Jesús, si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero?

4 de mayo de 1941
Jesús, si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero?

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

Malamente anduvo de salud toda esa temporada, aunque procuraba no manifestarlo. También le cogió en cama, dos semanas más tarde, una llamada de don Leopoldo, a quien contestó por escrito en cuanto pudo levantarse:

Mi venerado y muy querido Señor Obispo: Me dicen que llamó V.E. anoche por teléfono. Yo estaba en cama. Ayer me dejó el Señor sin celebrar y sin comunión: toda la mañana anduve con vómitos y un poco de fiebre. Hoy me encuentro bien: son protestas del animalis homo, porque el otro es felicísimo.

Y una de esas noches en que las preocupaciones no le dejaban pegar ojo, sintiéndose herido en su honra de sacerdote por tanta injuria, se tiró de la cama. Tenía el oratorio, en Diego de León, pared por medio. Salió del cuarto y, postrándose ante el Sagrario, le dijo al Señor: Jesús, si Tú no necesitas mi honra, yo ¿para qué la quiero? Desde ese momento, podían pisotearle la honra cuanto quisieran. Se hacía cuenta de que ya no la tenía.

Volvió a acostarse. Tranquilo, porque había dejado en manos de Dios lo que de su persona pudieran pensar las gentes. Una duda, sin embargo, quedó tercamente agarrada a su ánimo. Si el decreto de aprobación no había sido instrumento suficiente para amainar la tormenta, ¿no podría, acaso, lavarse públicamente el honor de la Obra, compareciendo él, como Fundador, ante un tribunal eclesiástico que reconociese su ortodoxia? No pudiendo contener por más tiempo su pena, el 4 de mayo de 1941 escribía a don Leopoldo:

A mí no me quedan lágrimas que llorar: el Señor me ha pedido la honra y la madre. Creo que se las he dado con todo mi querer. El cuerpo, a ratos, no puede más; pero de continuo siento, en medio de mi alma, la verdad de aquellas palabras que se leen en el Evangelio de hoy: et gaudium vestrum nemo tollet a vobis!

Señor Obispo: ¿No habrá llegado la hora de que se me juzgue por un tribunal, que deje con claridad meridiana todo este negocio?

El solo pensamiento de que me pueda apartar, ni en un detalle, de lo que la Santa Iglesia Romana ¡mi Madre!, disponga, me deja lleno de amargura.

V.E. Rvma. haga de mí lo que quiera. El Señor me da plenísima seguridad, en lo andado; seguridad que se apoya en que conscientemente nunca hice nada, ni dije, sin contar con la aprobación del Ordinario de cada lugar; y especialmente de mi Sr. Obispo de Madrid o de sus Vicarios Generales.

Ese mismo día, domingo, cuando acababa de dirigir la meditación a sus hijos con el Señor expuesto, sonó el teléfono. Se puso al habla; era don Leopoldo. Al anotar a la mañana siguiente esa conversación telefónica, escribió lleno de gozo: He de hacer constar que las palabras del propio Obispo dan mucha alegría, se nota a Dios: hoy me parece que toda esta preocupación no va conmigo: creo que hasta me gusta. Laus Deo!