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22 abril 2027

La muerte de su madre

22 de abril de 1941
La muerte de su madre

Pedro Casciaro

Soñad y os quedareis cortos

Dejé a mi madre enferma en Madrid -contaría más tarde el Padre- para ir a Lérida a dar un curso de retiro a sacerdotes diocesanos. Ofrece tus molestias por esta labor que voy a hacer, pedí a mi madre al despedirme. Asintió, aunque no pudo evitar decir por lo bajo: -¡Este hijo...!

Se fue a predicar a Lérida, preocupado por el estado de salud de su madre, aunque los médicos le habían tranquilizado, diciéndole que no parecía nada grave. Se abandonó en las manos de Dios. Señor -suplicó-, cuida de mi madre, puesto que estoy ocupándome de tus sacerdotes.

Más tarde nos contó cómo en una plática de aquel retiro habló a aquellos sacerdotes de la labor sobrenatural, inigualable, de la madre del sacerdote junto a su hijo. Al terminar, se quedó rezando en la capilla. Al rato, el Obispo de la diócesis, que asistía al retiro, vino a decirle, con la cara demudada, que Álvaro del Portillo le llamaba por teléfono desde Madrid. "Padre -escuchó al otro lado del hilo-, la Abuela ha muerto".

El Padre regresó de nuevo al Oratorio y, con el corazón sobrecogido, hizo un acto de aceptación plena y rendida de la Voluntad de Dios junto al Sagrario: Fiat, adimpleatur, laudetur... iustissima atque amabilissima voluntas Dei super omnia. Amen. Amen.

Era el 22 de abril de 1941. Encontró una persona amiga que iba en coche a Madrid y se prestó a llevarle rápidamente. Sin embargo, el vehículo tuvo una avería y no llegaron hasta las dos de la madrugada del día 23. Cuando entró en el oratorio de la casa de Diego de León, y contempló el cuerpo de su madre, rompió a llorar en silencio. Al salir le contaron cómo había sobrevenido su muerte, totalmente inesperada. Dios mío -musitó-, Dios mío, ¿qué has hecho? Me vas quitando todo: todo me lo quitas. Yo pensaba que mi madre le hacía falta a estas hijas mías, y me dejas sin nada...; ¡sin nada!

"Fue la primera vez que vi al Padre llorar -recuerda mi hermano Pepe- y fue también la primera vez que el Padre me dio un abrazo prolongado, largo, casi colgándose sobre mis hombros, con la cabeza pegada a la mía durante unos momentos, casi sin palabras. Sólo me dijo: ¡Pepe! Comprendí entonces hasta dónde llegaba el amor y corazón del Padre, y su entrega sin reservas a la Voluntad de Dios".

Días más tarde nos dijo: Señor, estoy contento porque sé que Tú la quieres y porque has tenido un detalle de confianza conmigo... Hay que procurar que todos mis hijos estén junto a sus padres cuando éstos mueran, pero a veces no será posible. Y has dispuesto, Señor, que en esto haya ido yo delante.

Siempre he pensado
-nos comentaría más tarde- que el Señor quiso de mí ese sacrificio, como muestra externa de mi cariño a los sacerdotes diocesanos, y que mi madre especialmente continúa intercediendo por esta labor.

Sentí muchísimo la muerte de la Abuela. Yo estaba en Valencia como director de Samaniego, una nueva Residencia de estudiantes que había comenzado recientemente.

Cuando nos llamaron por teléfono desde Madrid, comunicándonos su fallecimiento, hicieron mucho hincapié en que ofreciéramos muchos sufragios por su alma, pero nos indicaron que ninguno se trasladara a Madrid para el entierro: me costó cumplir mucho esta última indicación, por el gran cariño que sentía hacia ella.