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7 febrero 2027

Por una sola alma vale la pena ir a Kenia

7 de febrero de 1960
Por una sola alma vale la pena ir a Kenia

Pilar Urbano

El hombre de Villa Tevere

Villa Tevere, 1960. Una tarde de febrero. Unas cuantas numerarias están con Escrivá viendo diapositivas que han enviado de Kenia: paisajes, puestas de sol, tipos con indumentarias exóticas, fauna selvática, vegetación exuberante... De pronto, sobre la pantalla se proyecta una imagen extraña. No se distingue bien qué puede ser ese bulto oscuro, rugoso, cuarteado... ¿La corteza un árbol leñoso? ¿La cara de un cebú? ¿El gran primer plano de un anciano deforme?

Mientras la que manipula el proyector gradúa el artilugio del enfoque, para obtener más nitidez, el Padre expresa en voz alta su perplejidad:

- Pero ¿qué es? ¿Un vegetal...? ¿Un animal...? ¿Una persona ...?

Durante unos segundos, varias voces aventuran sus conjeturas sobre lo que pueda ser esa rara figura, fea, avejentada, contrahecha y hasta repulsiva. A medida que se centra el foco, la duda oscila ya entre si será un hombre o una mujer.

En ese momento, en la penumbra de la sala, vuelve a oírse la voz del Padre, con mucha fuerza y con mucho sentimiento:

- Sea una mujer o sea un hombre... ¡es un alma! ¡Un alma que vale toda la sangre de Cristo! Sólo por ella, valdría la pena ir a Kenia.

No hay más que decir. Para Josemaría Escrivá el valor de un ser humano y la razón de su dignidad eminente, es que tiene un alma inmortal. "Por salvar a un alma -ha dicho no se sabe cuántas veces-, yo me hago turco"... "Por salvar a un alma, yo voy hasta las puertas del infierno". Y no eran palabras: No le ha importado, en momentos en que estaba en el punto de mira de todos los visores, ir a un prostíbulo para confesar y administrar los últimos sacramentos al hermano de la dueña, que agoniza. Eso sí, exigirá la palabra en firme de que, durante todo ese día, en esa casa no se haga ni una sóla "cita".