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24 de noviembre de 1947
La adquisición de la futura Villa Tevere
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
En noviembre retornó el Fundador a Roma y se puso a buscar con empeño renovado la tan ansiada Villa. La primera que halló y le satisfizo era una casa vecina a Villa Albani. El domingo, 24 de noviembre, cuando todos los de Città Leonina la conocían, al menos por fuera, se entretuvieron en dar nombre a su sueño. Por lo que se deduce del diario, parece ser que el Padre ya había escogido nombre para la Villa: «Durante la comida hemos estado bautizando la nueva casa —cuenta el cronista—: el Padre ha dicho que se llamará Villa Tevere». Mientras tanto, para ir calmando el deseo, don Josemaría compraba cosas en los ropavejeros de Roma. Ahora sólo falta —decía a sus hijos— que el Señor nos dé las casas para meter todo esto.
Se acercaba la Navidad. Seguían buscando. La Villa soñada no aparecía. El Padre, ante la envergadura de los dos problemas que tenía encima —la casa y el Decretum laudis— pedía más oración:
Que continúen pidiendo, in-sis-ten-te-men-te, por todo lo de Roma. No olvidéis tampoco que conviene resolver ge-ne-ro-sa-men-te el problema del dinero para la casa de nuestra curia romana: esto es capital. Hacedme, con la gracia de Dios, un milagro muy grande.
Llegó el Año Nuevo y el Padre seguía reclamando oración, porque —insistía— sólo así saldrá bien.
Corrían las semanas y continuaba enfocando el asunto con filosofía sobrenatural:
¿La casa? No sé: la primera dificultad es que no tenemos dinero. Pero esa dificultad no supone mucho, porque llevamos cerca de veinte años saltándonosla a la torera. La dificultad grande podría ser que no supiéramos mover el Corazón de Jesús, con nuestra vida... corriente, alegre y heroica... y vulgar.
Acababa el mes de enero de 1947 y todavía no se había promulgado la tan esperada Provida Mater Ecclesia, ni se había resuelto el asunto del dinero. Con todo, el Fundador estaba seguro de que el Señor no les dejaría en el desamparo; y ofrecía a sus hijos la fórmula salvadora:
Que estéis alegres y optimistas siempre. Que la gente me cumpla las Normas —oración, mortificación sonriente, trabajo—. Que duerman y coman lo necesario. Que descansen y hagan deporte. Y todo saldrá: antes, más y mejor.
La carta a los del Consejo General, de 7 de febrero, está cargada de alegría. El Decretum laudis, les anuncia, es cuestión de días: la cosa parece felizmente acabada. En cuanto a Villa Tevere, el Padre seguía armado de un sano escepticismo, aunque, como refiere, los acontecimientos de última hora hacían renacer nuevas esperanzas:
El asunto de la casa es un pesadilla. Si se presenta una ocasión oportuna, haremos el contrato, para pagar en tres meses, como ya os anuncié. Esta mañana llamó por teléfono la duquesa Sforza —la conocimos por el embajador Sangróniz— ofreciendo una villa: ayer vino un intermediario, con varias, y, por teléfono, nos habló anoche el avvocato D’Amelio de otra casa más. Veremos.
Sí que surgieron esperanzas, porque el diario de Città Leonina registra que el 8 de febrero salieron a ver casas y que una de las que podían interesar era una villa en el Parioli, que había ocupado la Embajada de Hungría. Estaba sito el inmueble en viale Bruno Buozzi 73. El propietario de la villa era el conde Gori Mazzoleni, que tenía amistad con la duquesa Sforza-Cesarini, y deseaba tratar directamente con el posible comprador, lo cual era una gran ventaja para éste, pues los intermediarios hacían subir los precios de manera notable. El Fundador la recorrió de arriba abajo. Enseguida se dio cuenta de que respondía a las necesidades previstas, e informó de ello a Mons. Montini, que le comentó: «no dejen escapar esa casa, porque al Santo Padre le dará mucha alegría que estén ustedes ahí. El Santo Padre la conoce, porque, cuando era Cardenal Secretario de Estado, ha ido allí a visitar al Almirante Horthy, entonces regente de Hungría».
Decidido a adquirirla, el Fundador encargó a don Álvaro hacer las gestiones precisas con los abogados del propietario, sin olvidar lo que con motivo de la busca decía a sus hijos: Pongámonos en el lugar de un padre de familia que tuviese que comprar una casa que cuesta varios millones.
«En las primeras negociaciones —refiere don Álvaro— logramos reducir mucho la cantidad que había fijado el propietario; sin embargo, no disponíamos ni siquiera de esa cifra. Aparte de pedir ayuda a amigos y conocidos, pensamos en hipotecar la casa, pero para eso necesitábamos tener el título de propiedad, que, a su vez, no se podía conseguir sin pagar al menos una parte del precio».
Quedaron pendientes los tratos hasta que el Padre se resolvió a decidir inmediatamente la cuestión de la casa.
¡La casa! —escribía a los del Consejo el 27 de marzo—. Seguimos las gestiones: no sé cuántos días llevo ofreciendo la Santa Misa, por esto: esperemos que se resolverá pronto.
Efectivamente, el 10 de abril pedía a sus hijas de la Asesoría Central:
Seguid encomendando la casa de Roma: creo que se hará la escritura de compra mañana, pero quedará el rabo por desollar: pagar los millones que cuesta.
El mismo don Álvaro cuenta la historia de aquel duro trance:
«El Padre me indicó que fuera a ver al propietario, y tratara de convencerle de que se conformara con un adelanto de unas monedas de oro, y que el resto se lo pagaríamos en el plazo de uno o dos meses. En efecto, disponíamos entonces de algunas monedas de oro, que el Fundador del Opus Dei guardaba para hacer un vaso sagrado. Fui a ver a ese señor con esta propuesta, mientras el Padre se quedaba en casa rezando intensamente». La entrevista fue un éxito, aunque el propietario exigía que el pago se hiciera en francos suizos. Cuando se lo comenté al Padre, me respondió: ¡qué más nos da! Nosotros no tenemos ni liras, ni francos; y al Señor le da igual una divisa que otra.
Aquella postrera reunión con los abogados del propietario fue, por parte de don Álvaro, un gesto heroico de docilidad y de fe en el Fundador. Porque, ¿qué otra persona hubiese ido —con optimismo y persuasión invulnerables— a intentar obtener una villa a cambio de unas pocas monedas?