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19 noviembre 2027

Amor del Padre por sus hijos

19 de noviembre de 1940
Amor del Padre por sus hijos

Francisco Ponz

Mi encuentro con el Fundador del Opus Dei

Los residentes de Jenner que éramos de la Obra disponíamos de pocas oportunidades para hablar entre nosotros o con el Padre. Una de ellas era bajar a merendar al piso primero. Los demás residentes resolvían la merienda con paquetes de alimentos que les enviaban sus familias o salían a algún bar, pero si nosotros recibíamos comida, la entregábamos enseguida y evitábamos hacer gastos innecesarios. Eran años de hambre en España, años duros, con racionamientos muy estrictos de los alimentos, que resultaban insuficientes para nuestra edad estudiantil. Por eso, Carmen, la hermana del Padre, se desvivía para aprovechar el escaso sobrante de las comidas y nos lo preparaba, bien aliñado y presentado, como merienda. Podíamos entonces saludar un momento a doña Dolores, madre del Padre, y a Carmen.

En esos ratos de merienda, comentábamos cómo avanzaba la labor apostólica en Madrid y en las diversas ciudades en que había comenzado. Cuando estaba el Padre en ese piso y nos oía, solía unirse a nosotros y nos animaba a que comiéramos sin timideces. Nos hablaba de la Obra y del servicio que prestaría a la Iglesia, siempre en medio de bromas y de mucho cariño. Nosotros, estudiantillos bastante jóvenes, nos veíamos inútiles para lograr lo que el Padre decía, y, sin embargo, estábamos seguros de que Dios quería todo eso, que el Padre era el instrumento escogido por el Señor para llevarlo a cabo, y que, si no estorbábamos demasiado la acción de Dios, contribuiríamos de algún modo a que aquello se hiciera realidad. Esos minutos nos ayudaban a enamorarnos del Opus Dei y fortalecían los vínculos humanos y sobrenaturales entre nosotros. Y, por supuesto, también calmaban el hambre.

El amor del Padre por sus hijos quedaba especialmente de manifiesto cuando caíamos enfermos. Recuerdo con qué desvelo y cariño nos pidió que encomendáramos a José María Hernández Garnica el tiempo que pasó en grave estado durante 1940. Desde pequeño le había quedado atrofiado un riñón, que comenzó entonces a crearle problemas tan serios que exigieron su extirpación. Durante los meses siguientes no acababa de ponerse bien y se agravó de nuevo hacia el 19 de noviembre. El Padre sufría y se desvivía por aquel hijo suyo; se notaba que le quería con toda su alma y buscaba el apoyo de nuestra oración para conseguir del Señor que todo fuera bien y se restableciera, como así sucedió.