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17 de noviembre de 1950
“Don Álvaro hasta anestesiado obedece”
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
Dentro de la Obra su unión con el Padre se estaba haciendo proverbial. Quienes residían en Roma, en febrero de 1950, recuerdan lo sucedido después de operar de apendicitis a don Álvaro.
«Contaba el Padre que, después de llevarlo del quirófano a su habitación, el cirujano, acercándose a la cabecera de la cama, empezó a llamarlo para despertarle:
— ¡Don Álvaro! ¡Don Álvaro!
Pero él permanecía sin dar señal de haber oído. Entonces el Padre, desde los pies de la cama dijo a media voz:
— ¡Álvaro, hijo mío!
Y Don Álvaro abrió los ojos. Al contárnoslo, decía el Padre con orgullo:
— Don Álvaro hasta anestesiado obedece».
Al ataque de apendicitis siguieron los cólicos hepáticos, que fueron una constante en la vida de don Álvaro por muchos años. Era evidente que los disgustos repercutían en su hígado y que las preocupaciones minaban su resistencia física. En octubre de 1952 escribía el Padre a los de Estados Unidos sobre la enfermedad de don Álvaro:
Álvaro está con un gran ataque de hígado. No sé cómo puede sacar adelante tanta labor y tantas preocupaciones. Sí lo sé y tú también, porque conoces cómo es de grande su fe, y cuántas condiciones de talento y de capacidad de trabajo y de serenidad le ha concedido el Señor. Esta vez pienso que no son ajenos, a su enfermedad, los apuros económicos brutales de los meses últimos y de este momento.
El remedio a sus achaques lo conocía de sobra el Padre: aplicarle un par de cataplasmas de dólares, de un millón de dólares cada una. Tratamiento al que no podía someterle pues estaba más allá de sus posibilidades.
Por entre la correspondencia del Fundador podemos recorrer a saltos las peripecias de la enfermedad de don Álvaro. En abril de 1954:
Álvaro —que siempre os dice, de palabra y por escrito, que está bien— se encuentra en cama de nuevo: la realidad es que trabaja con exceso y su salud es mediana. Demasiadas preocupaciones, aunque las oculte con su cara de Pascuas y las supere con su fe y con su labor sin descanso.
Dos meses más tarde:
Yo sigo bien. En cambio, el prof. Amalfitano ha visto despacio a Álvaro, y lo ha encontrado como a Fernando L.: está con verdura sin sal y muy poca comida. Siempre de buen humor, pero el corazón, la circulación y el hígado no van. Dice el médico que es muy importante lo que tiene, pero que está seguro de que lo cura. De paso —ha dicho— le desaparecerá esa gordura, que es consecuencia de su enfermedad. Hoy Álvaro está en cama: por eso no escribe.
Un año después:
Álvaro, después de encontrarse bien durante tanto tiempo, ha tenido hoy un ataque muy fuerte de hígado. Espero que sea el último coletazo, porque da la impresión incluso de haber rejuvenecido. No quiero decir que sea viejo, ¿eh?, sino que el trabajo de tantos años le había envejecido.
Lástima que aquello no fuera, realmente, el último coletazo, aunque sí fue un aviso para que ambos se retiraran a hacer unos días de reposo en el balneario de Montecatini, lo cual, a falta de cataplasmas, era el mejor de los remedios.
Por fin —escribe el Padre desde Montecatini—, se ha hecho lo que ha mandado el médico, y aquí estamos. Creo, pienso —no me gusta emplear en vano el verbo creer: la fe es algo extraordinariamente grande— pienso que la estancia tranquila y las aguas nos prepararán para trabajar bien durante el invierno.
A la postre don Josemaría se concedió el descanso en que tanto insistían los médicos, convencido de que a don Álvaro le sentaría a las mil maravillas. No se equivocó, porque no hay referencia expresa a las dolencias de hígado hasta enero de 1956:
Álvaro está enfermo, desde hace varios días, con algo de hígado y un gripazo fuerte. Yo, que también he estado en cama varios días, me resiento aún de esto, que es el clásico trancazo.
Hay que releer meditadamente la correspondencia de don Josemaría para percatarse de cómo la fe alargaba increíblemente su esperanza de que pronto llegaría la solución de sus males. De forma que el Padre y don Álvaro, sin desfallecer en la brega, se pasaban años aguardando la hora de un merecido reposo. En enero de 1953 escribía a los del Consejo General dando normas sobre el descanso:
Procurad tener todos periódicamente un descanso: aquí no lo tenemos, y nuestro mal ejemplo no se debe seguir. Veréis cómo, en cuanto se acabe —dentro de unos meses— la parte gruesa de todos estos asuntos que llevamos en marcha, llegará por fin también para Álvaro y para mí —contigo— el tiempo de reposo que hace tantos años nos hemos de negar. Conviene, para servir mejor al Señor.
Por tanto, en España, insisto, organizaos para que todos tengáis vuestro descanso periódico.
El Fundador prevenía maternalmente a sus hijos para que no siguieran el heroico mal ejemplo que él y don Álvaro les estaban dando con motivo de los apuros económicos y otras exigencias del gobierno de la Obra. Porque la norma cantada por el Fundador es que hay que trabajar siempre; y que disfrutar de un descanso consiste en un cambio de ambiente o de ocupación. Para un hijo de Dios en el Opus Dei descanso no significa ocio, ni holganza, ni estarse cruzado de brazos. Es algo muy diferente. El Fundador había ensayado la fórmula para descansar trabajando. La fórmula era buena y podía recomendarla a sus hijos con absoluta garantía:
Demos gracias al Señor, que nos quiere siempre trabajando: cambiar de trabajo es nuestro descanso.