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11 de noviembre de 1950
Los primeros de Chile
Ana Sastre
Tiempo de caminar
En este país, que roza latitudes antárticas, la primavera cae a fines de año. El mes de María se celebra en noviembre. La Residencia de Santiago de Chile no se queda atrás en esta competición de afectos que el Opus Dei lleva en su equipaje, siempre, para la Madre de Dios. Las flores llegan a diario gracias a los residentes y llenan el altar de su primer oratorio. Incluso hay uno que domina el manejo de varios instrumentos musicales y ha conseguido acarrear un armonio hasta la casa. Se lo han prestado y ensaya, con melodías de toda índole, en el cuarto de estar. Pero el ritmo se le vuelve litúrgico cuando entona la Salve los sábados, en el oratorio, ante la Inmaculada. «Cantar es rezar dos veces».
El tiempo y lo insólito del paisaje chileno invitan a las caminatas, a las excursiones camperas hacia la costa. No en balde a Chile pertenece la isla de Mas a Tierra, al oeste de Valparaíso. La permanencia en este lugar del marino escocés Alexander Selkirk, en 1704, inspiró a Daniel Defoe su «Robinson Crusoe».
Algo así debe sentir don Adolfo en estos meses en los que permanece como único miembro de la Obra en Chile junto a un puñado de gente joven que empieza a vivir a su lado la alegría, fraternidad, trabajo y apostolado del Opus Dei. Pero muy pronto llegarán refuerzos. Cuando la semilla ha iniciado su vida y desarrollo bajo este suelo generoso.
José Enrique Díez Gil es el segundo miembro de la Obra que cruza los Andes. Tiene apenas veinte años y está cursando la licenciatura de Derecho. A partir de ahora, tendrá que dilatar su tiempo de trabajo para buscar medios económicos, dar a conocer a sus amigos chilenos el espíritu del Opus Dei, y concluir sus estudios. Durante los años siguientes terminará la carrera de Leyes y la de Ingeniero Comercial. Pocos meses después, en 1951, vendrá José Miguel Domingo Arnaiz, ingeniero naval.
Apenas tres años más tarde, pedirán la admisión al Padre las primeras vocaciones chilenas: Juan Cox Huneens, Pablo Vial y José Miguel Ibáñez Langlois.
Antes de que la Sección de mujeres arribe a Santiago, don Adolfo habla a un grupo de matrimonios a los que ha dado su amistad y ayuda sacerdotal. Dos señoras, que luego serán las primeras vocaciones de la Obra, se ofrecen para acondicionar una vieja casa, grande y abandonada, hasta convertirla en el primer Centro de mujeres del Opus Dei. El presupuesto de arreglos y mejoras es muy alto. Pero ya han aprendido a poner los medios y confiar en Dios. Trabajan sin descanso, hablan de los proyectos a todo su círculo de amistades. Se han empeñado en allanar los caminos de la Obra. A costa del esfuerzo constante y de la ayuda de algunos amigos, la casa estará pronto a punto.
Un día, cuando están acabando de pintar, suena el timbre. Antes de que puedan abrir, se introduce un sobre azul por debajo de la puerta. No espera nadie en el umbral. Al rasgarlo, encuentran cincuenta mil pesos en billetes: lo suficiente para pagar los materiales y mano de obra. Este donativo tiene el sello de la auténtica generosidad: el anónimo. Se trata de alguien que ha puesto su apoyo por encima del agradecimiento.
Con estos preámbulos, la Sección de mujeres viene a Chile a primeros de noviembre de 1953. Sólo unos días después, llegan las primeras vocaciones: María Tezanos-Pinto, Laura Prado, Elina Gianoli, Elena Wilandt y Carmen McKena... Son el comienzo de una larga lista. Pero en este país, la contradicción y las campañas, por parte de algunos grupos y personas, se dejan sentir en el ambiente. Las calumnias no recibirán respuesta ni rencor. Tampoco el menor desaliento, incluso por parte de personas muy jóvenes, que han encontrado en la Obra el camino de su vida. Todas tienen delante el ejemplo y las palabras del Fundador que ha dicho en circunstancias semejantes a sus hijos de otros países:
«La nuestra es una siembra de paz, de comprensión, de amor. Disculpamos a todo el mundo, comprendemos a todo el mundo, no nos sentimos dolidos por nada aunque, a veces, nos hieran y nos molesten. Todo es accidental; nosotros, en cambio, somos lo permanente: porque estamos haciendo una Obra divina. Vuestra única preocupación ha de ser ésta: que seáis santas, audaces, valientes. Sin miedo, pase lo que pase. En la vida vuestra todo es para bien. Si Dios lo permite. “Omnia in bonum!” Tranquilas. Con paz, abandonando en el Señor todas las inquietudes, porque no hay más que motivos de alegría».