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1 de noviembre de 1970
Tiempos de dolor
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
Un día —era el 1 de noviembre de 1970— hablaba con clara emoción a los del Consejo General. En la vida —venía a decirles— se presentan a veces momentos de oscuridad. Solamente con la fe pueden superarse, porque Dios existe, aunque sea un Deus absconditus. Sin duda, el Padre llevaba a cuestas alguna grave carga, porque ese mismo día, en diálogo con el Señor, le oyeron sus hijos estas palabras: Te estoy dando, Señor, las últimas perras gordas. Non ne posso più! Entregaba todo. Lo daba con generosidad; y Dios, en correspondencia, cargaba más la mano en el dolor. Don Javier Echevarría recuerda un comentario de 1971:
Yo no sé lo que es no tener penas. Mi vida ha estado llena de dolor, vivido con paz y con alegría sobrenatural. Al principio, he procurado que no se me notara. En esta última temporada, el Señor carga la mano —¡y hace bien!—, para que yo sepa aprovecharlo y me sirva de purificación, y, también, porque lo merezco: quiero saber aprovechar esta mortificación pasiva, amando dulcemente la dulce Voluntad de Dios.
Las noches en que dormía poco, o casi nada, ya sabían sus hijos el porqué. La preocupación por las almas, los riesgos a que estaban expuestas, le robaban muchas horas de sueño. Se sentía inquieto.
Era necesario reparar por miles y miles de defecciones. Y para enfrentarse con tan enorme peso, hubo de recurrir a la acción del Espíritu Santo, que sigue asistiendo a la Iglesia en horas de luto y oscuridad; también en los acontecimientos que a veces no entendemos o que nos producen llanto o dolor. Por todas partes se encontraba rebasado por la aflicción, físicamente agotado de tanto rezar, y al borde mismo de una irremediable pena:
Me doy perfectamente cuenta —comentaba a sus hijos— de que no consigo nada poniéndome triste, pero no lo puedo remediar: ¡me da pena la Iglesia, me dan pena las almas! Me lleno de tristeza, aunque por dentro estoy lleno de paz, porque sé que el Señor no puede fallar. Muchas veces, acabo el día muy fatigado por el esfuerzo de rezar continuamente, ¡siempre pidiendo, siempre pidiendo!, con la confianza de que el Señor tiene que escucharme; y entonces, el peso de ese cansancio procuro convertirlo también en oración, y ofrezco a Dios mis miserias, mis buenos deseos, y el buen afán de hacer muchas cosas que quisiera acabar y a las que no llego porque me falta materialmente el tiempo, mientras me digo con un abandono total: ¡Señor, por tu Iglesia, por todas las almas, por mis hijas y mis hijos, por mí! ¡Mira que es tu Iglesia, que somos tus hijos, que son tuyas las almas! Así, me dispongo a recomenzar mi lucha y mi oración.