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8 de octubre de 1937
Se encuentra con Pedro Casciaro en Valencia
Pedro Casciaro
Soñad y os quedareis cortos
Dos días más tarde, el 8 de octubre, al llegar a casa de Paco Bosch, su padre me informó, con explicable sobresalto, que unos señores, amigos nuestros de Madrid, estaban esperándome en la salita y que Paco se encontraba reunido con ellos. Al entrar en la habitación, iluminada por la luz del crepúsculo que entraba a través del balcón, pude distinguir a Juan y a otra persona que no reconocí. Era un señor muy delgado, correctamente vestido de gris oscuro, que, en cuanto me vio, me abrazó diciéndome:
-Perico, ¡qué alegría de volver a verte!
Me quedé perplejo: era el Padre, su voz era la del Padre, pero ¡estaba tan cambiado! Al cerciorarme de que era él, me puse a temblar y a llorar de emoción y de alegría. Tuvo que tranquilizarme.
Mientras me hablaba, fui observando los cambios tan notables que se habían producido entre la imagen del Padre de hacía quince meses que yo conservaba en la memoria y la figura que ahora tenía ante los ojos. Le había conocido siempre con sotana y con un aspecto vigoroso y saludable. Ahora, en cambio, se encontraba muy delgado -habría perdido más de treinta kilos- y vestía de paisano. En Madrid llevaba siempre el pelo muy corto y una gran tonsura que solía cubrir con un solideo de paño negro. Ahora tenía el pelo relativamente largo, con la raya a un lado. Antes llevaba unas gafas de delgados aros completamente redondos; ahora usaba unas ovales, de montura mucho más gruesa. Tenía las mejillas hundidas y se destacaba aún más su amplia frente; los por qué, muy significativo: llevaba el nudo de la corbata muy bien hecho. Lo único que no había cambiado era el tono de su voz.
Mientras lo observaba atentamente, el Padre nos fue hablando del cumplimiento de la Voluntad de Dios. Vino a decirnos que no era fácil entender la lógica de Dios en aquellas circunstancias, y que por eso no era fácil prever todo el bien que íbamos a sacar de aquella tragedia. Pero nos transmitió la seguridad de que Dios Nuestro Señor estaba empeñado en que la Obra se hiciese realidad y no podía dejar de ayudarnos. Había que tratar de recuperar la indispensable libertad para poder hablar de Dios en la calle; había que poner los medios humanos también, con una gran confianza en Dios -la Obra era suya-, para salir de aquel infierno y continuar la siembra apostólica. Nos explicó que desde Barcelona parecía posible la salida hacia la otra zona: otros lo habían conseguido. Había tomado aquella resolución -nos dijo- después de haber rezado mucho.
Nos explicaron el plan: pensaban salir al día siguiente en tren en dirección a Barcelona y, desde allí, enviarnos noticias a Paco y a mí: quizá desde aquella ciudad podrían hacer algo para que también nosotros pudiéramos acompañarles.
Después de tanto tiempo sin verle, aquella primera entrevista con el Padre me pareció muy corta. Pero nos fuimos pronto porque no queríamos preocupar a la familia de Paco: una reunión no autorizada de hombres jóvenes, en aquellas circunstancias, era bastante peligrosa porque podía despertar sospechas. No quiso el Padre que Paco y yo les acompañáramos, por la misma razón, hasta la casa donde vivía Eugenio Sellés. Quedamos en almorzar juntos al día siguiente, si era posible en algún lugar donde la reunión de un grupo relativamente numeroso no resultara imprudente.
Después de acompañar al Padre, Juan se reunió nuevamente con Paco y conmigo y estuvimos paseando durante largo rato por la Avenida del Marqués del Turia. Nos comentó las palabras que habíamos oído al Padre, haciendo hincapié en la trascendencia de aquellos momentos para la historia de la Obra. Nos habló mucho de madurez humana y de visión sobrenatural; nos explicó que la llamada del Señor era lo primero. No podíamos excusarnos en nuestra juventud: a pesar de nuestros pocos años debíamos ser conscientes de que teníamos que hacer la Obra entre todos, pasando por encima de otros planes y otros compromisos, por muy acuciantes que parecieran.