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28 de octubre de 1931
“Tu Padre-Dios no es un tirano”
Pedro Rodríguez
Camino, edición crítica
435* «Timor Domini sanctus»1. -Santo es el temor de Dios. -Temor que es veneración del hijo para su Padre, nunca temor servil, porque tu Padre-Dios no es un tirano.
Este punto y el siguiente fueron escritos en 1934: pasaron, pues, directamente a Cec. El p/435 está fechado en 5 de enero y se encuentra en el Cuaderno VII, nº 1099, con tenor literal idéntico.
Pero la vivencia espiritual aquí recogida se remonta al otoño de 1931, a aquellos meses en los que Dios privilegió al Beato Josemaría con un desbordante sentido de su filiación divina en Cristo. Vid com/267; también 430. La definitiva experiencia del temor de Dios como dimensión del Amor y de la filiación, que se refleja en este punto, culmina de alguna manera aquella secuencia sobrenatural. Encontramos en su Cuaderno palabras relevantes en relación con la historia o prehistoria de este punto que comentamos.
Había tenido el 28 de octubre de aquel año 31 contradicción y sufrimiento. Escribe:
«Como una respuesta del Cielo al clamor mío de esta noche, anticipadamente y porque sí, esta mañana a las nueve, cuando iba a coger el tranvía para Chamartín, me encontré con que estaba yo recitando un versículo, que también porque sí o por costumbre (desde luego, creyendo que era de Dios) apunté en mi cuartilla: timor Domini sanctus, permanens in saeculum saeculi; iustitia Domini vera iustificata in semetipsa (Ps. 18, 10). Altos y justificados son tus juicios, Señor: santo es el temor del Señor, pero, acatando, con toda mi alma, tus juicios, Jesús mío, llévame por caminos de Amor».
En contra de lo que tenía sabido y experimentado -especialmente desde diez días antes (vid experiencia del 17 de octubre en com/267)- el Señor permitió que se le ofuscara el pensamiento y el timor del salmo 18 le apareciera, como vemos, contrapuesto al Amor, como temor que angustia y paraliza. Jornada durísima aquella del 28 de octubre. En la oración de la noche -escribe- encontró paz. Pudo dormir.
Al día siguiente, pasada la prueba, de nuevo la efusión del Espíritu. Escribía al anochecer:
«¡Qué alegría, ¡qué gozo más grande y sobrenatural me ha dado hoy Jesús, después de las congojas de ayer! Porque ayer sufrí mucho. […] Cuántas veces han salido hoy estos afectos encendidos de mis labios y de mi corazón.».
Había ido a su confesor, que le explicó lo que él ya tantas veces había gozado y meditado: que el timor Domini no es temor, miedo, sino respeto y veneración. Al día siguiente escribía:
«Hoy me encuentro algo cansado, indudablemente como consecuencia de la conmoción espiritual de estos dos días últimos, de ayer sobre todo. -No comprendo mi obcecación al traducir el timor, pues otras veces, p.e., en la frase 'initium sapientiae timor Domini', siempre por temor entendí reverencia, respeto. -Jesús, en tus brazos confiadamente me pongo, escondida mi cabeza en tu pecho amoroso, pegado mi corazón a tu Corazón: quiero, en todo, lo que tú quieras».
Este lance espiritual es el que está en la trastienda del punto que comentamos y del sentido del temor en clave del Amor a que nos referíamos comentando el p/431. Esta realidad, tan central en la vida interior, se remacha en este punto desde el don de la filiación divina del cristiano: «veneración del hijo para su Padre». El fondo como siempre, es la tradición de los Padres:
«El temor de Dios repele el temor del infierno porque hace que el hombre huya del pecado y multiplique sus buenas obras. Tras lo cual llegará a aquel temor que se llama santo y permanece para siempre (Sal 18, 10), porque está fundado en el amor» (San Agustín).
Como vemos, Escrivá pone siempre el acento de ese amor en la conciencia de la paternidad de Dios y de la filiación divina del cristiano.