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29 enero 2027

Apuros económicos

29 de enero de 1948
Apuros económicos

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

A comienzos de 1948 don Josemaría tenía una carga aplastante de problemas económicos. Y, contra lo que pudiera esperarse, no por ello detenía la carrera de la expansión apostólica de la Obra, ni se replegaba, a la defensiva, en una exclusiva vida de piedad. La primera parte del refrán español: a Dios rogando y con el mazo dando, la cumplía rigurosamente. De lo que no estaba tan seguro era de si él, y sus hijos, cumplían la segunda con igual empeño; aunque justo es reconocer los muchos apuros económicos que estaban pasando, porque el agobio de sacar adelante la Sede Central no era más que el primer episodio de una larga cadena de contradicciones. No exagera, pues, el Fundador cuando escribe desde Roma a los del Consejo General:

Nunca me he dado tan malos ratos por la cosa económica. Y no es que haya disminuido mi confianza en Dios, sino que aumentando esa confianza, a la vista de tantas providencias del Señor, aumenta también en mí la convicción de que hemos de poner siempre todos los medios humanos. Como consecuencia, a mi vuelta haremos un estudio orgánico —frío— de la expansión de la Obra, teniendo en cuenta todo lo que ya está más o menos en marcha (Roma, París, Milán, Londres, Dublín, Coimbra, Lisboa, Chicago, Buenos Aires), pero sin olvidar la parte económica de la labor.

Sobradamente se percataba don Josemaría de las exigencias financieras, resultado de sus audacias apostólicas, y de que a más de uno le pasaría por la imaginación que el Padre fantaseaba en lo económico. Adelantándose a ello, les advierte, con plena conciencia de la situación:

Sigo preocupándome, ya lo escribí antes, y dándome cuenta de todo. Pero... aún es tiempo de hacer locuras, si se hacen con la cabeza: Dios tampoco nos faltará.

Jamás cruzó por la mente de sus colaboradores el pensamiento de que don Josemaría no hacía desde Roma todo lo humanamente posible en la desagradable tarea de pedir dinero. En todo caso, se ofrece humilde y voluntariamente a mendigar donde le indiquen:

No diréis que me desentiendo, cuando casi es una obsesión: para mi vuelta, pensad a qué personas podría ir yo a pedir limosna.

La noticia con que cierra la carta tampoco era de las que levantan felizmente los ánimos. (En efecto, el jueves 29 de enero de 1948, para ser precisos, sucedió que Ignacio Sallent fue a recoger unas cartas a la oficina de Iberia, junto a plaza de Venecia. Dejó el coche en la calle, cerrado con llave, y en los pocos minutos que tardó en salir se lo robaron. Ya llevaban siete días sin coche, que les era esencial para los desplazamientos). Con absoluta libertad —les dice el Padre—, sabiendo que otro coche saldría por unos mil doscientos dólares, decidid si se compra o no; sin olvidar que aquí no hay dinero y sería necesario inventarlo en esa administración.