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24 de enero de 1964
En busca de la solución jurídica
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
En esa misma audiencia con Pablo VI, el Papa se interesa por el estado de la cuestión institucional; y, al agradecer a Su Santidad la concesión de la audiencia, el Fundador le confirma, por escrito de 14 de febrero, lo que entonces le había dicho de viva voz: No tenemos prisa: sin embargo es grande nuestra esperanza en el definitivo encuadramiento.
Este no tenemos prisa es ya un estribillo que resuena, aquí y allá, por entre los documentos de la época:
No tenemos prisa —escribe en nota reservada a la Augusta Persona del Santo Padre—, porque estamos seguros de que la Santa Iglesia no dejará de darnos finalmente la solución jurídica adecuada.
Y a Mons. Dell’Acqua:
No tengo prisa, aunque me apremia pensar que, en cualquier momento, el Señor podrá decirme: redde rationem villicationis tuae. Creo, sin embargo, que acabado el Concilio quizás pueda estudiarse nuestra cuestión.
En la larga y fatigosa búsqueda de una solución jurídica, para canalizar la abundante corriente de los apostolados del Opus Dei, el Fundador había consumido gran parte de sus mejores energías físicas y espirituales. Había obtenido de la Santa Sede la aprobación definitiva del Opus Dei; pero le faltaba la configuración jurídica apropiada, una vestidura hecha a la medida de la realidad teológica y pastoral del Opus Dei; y no cesó en su afán de hallarla. De manera que su repetido no tengo prisa es eco de las circunstancias que no veía favorables. Detrás de él se esconde una santa impaciencia, una serena e incansable tozudez por andar el último trecho del itinerario jurídico del Opus Dei. En realidad es Dios quien no tiene prisa, y quien se saldrá con la suya. En Dios se apoya el Fundador, con la seguridad de que sacará adelante su Obra, como lo ha venido haciendo desde 1928.
Conociendo el temperamento, y el paso ligero del Fundador, que nunca se quedaba cruzado de brazos, ese no tengo prisa, en que tanto insiste, difícilmente es aplicable a su conducta. En efecto, en diferentes ocasiones y escritos de esos meses, al exponer la cuestión pendiente, habla como quien sufre una angustia de conciencia, porque en su resolución ve comprometida la salvación de su alma, aunque espera que, ahora o más adelante, se halle la fórmula de la cristalización jurídica del Opus Dei, para poderse presentar tranquilo ante el juicio del Señor.
La fallida propuesta, hecha a instancias del Cardenal Ciriaci, cortó de momento los pasos para resolver definitivamente el problema institucional. Dominado el ánimo por las dificultades con que acababa de tropezarse, a finales de mayo de 1962 el Fundador escribió una carta dirigida a quienes ocupaban cargos de dirección en el Opus Dei, exponiéndoles el asunto. Y la comienza implorando la misericordia de Dios, y recitando esperanzadamente con el salmista:
«No me rechaces, Señor, en el tiempo de mi vejez; [...] Dios mío, me has adoctrinado desde la juventud: hasta mi vejez y mi decrepitud, Señor, no me desampares».
Repasaba en la oración toda su vida, recordando cómo el Señor, desde su primera juventud, le había llevado de la mano; y prosigue diciendo a sus hijos:
También ahora, cuando estoy entrando en la última etapa de mi vida, y ya voy siendo, mejor, soy viejo, aunque vosotros penséis —por la vitalidad que veis en mí— que soy muy joven, siento que mi Padre Dios no me dejará de su mano, para que tampoco me falte la paz y la alegría, cuando veo acercarse la posibilidad de que se presenten problemas e incomprensiones para la Obra en el crepúsculo de mi vida.
Por entonces aparece en sus escritos un sentimiento que denomina "vejez", que no es producto de la senectud ni del cansancio sino de la reiterada consideración de la fugacidad del tiempo: Me voy haciendo viejo. Si queréis, diré voy dejando de ser joven.
Y, en otra ocasión, escribe: Pienso siempre que he llegado a viejo. Más frecuente era pensarlo que no decirlo, como él mismo refiere en carta a los de España:
Ojalá no se olviden de rezar por este pecador.
Iba a decir viejo pecador, pero no lo he dicho. Y no lo he dicho por dos razones: porque el Santo Padre —quizá porque tiene cinco años más que yo— me dijo sonriente, en la última audiencia: "non deve dire più che è un vecchio!" y porque, pensando bien las cosas, ahora no soy joven y no necesito —por tanto— hacer aquella cuenta... de miles de años, que he venido haciendo desde hace tanto tiempo. Haré, en lo sucesivo, una suma optimista hasta cierto punto, contando solamente la época de mi vida en la que he tratado de servir a Dios Nuestro Señor en su Opus Dei: no llego a los treinta y siete años. Y esto, porque tengo manga ancha: que sea verdad, por el Amor que he querido poner en esos días de esos años, unas veces tan largos y otras veces tan cortos.
Rezad, rezad por mí: que se me hace de noche, y soy aún joven en el servicio de las almas.
La anécdota a que se hace referencia tuvo lugar el 10 de octubre de 1964, durante la segunda audiencia privada con Pablo VI. Con grandísimo afecto trató entonces el Papa de aliviar la opresora carga de conciencia que traía el Fundador, que no era otra que el tema candente de la estructura jurídica que reclamaba la naturaleza de la Obra. El Papa le confirmó que, una vez acabados los trabajos del Concilio, podía verse el camino para una solución jurídica definitiva. El Fundador estaba dispuesto a esperar sin prisa.
Aquel mismo día (24 de enero de 1964) insistía a sus hijos que perseverasen en oración:
Seguid rezando por esa intención especial, de la que he hablado al Papa: ¡que deis la lata a Dios Nuestro Señor, para que tenga presente esta intención tan grande! Sólo nos mueve servir mejor a la Iglesia y a la humanidad entera, fortalecer el espíritu de la Obra, asegurar nuestra entrega, y dar mayor eficacia a nuestro apostolado. Os pido que recéis mucho por la intención grande, por la que suelo ofrecer la Misa todos los días.
Tenían que rezar por esa "intención grande", porque el camino estaba sembrado de dificultades. De algunas se enteró casualmente, como sucedió el 5 de mayo de 1964, cuando Mons. Paul Philippe, entonces Secretario de la Congregación para los Religiosos, fue invitado a almorzar en la Sede Central del Opus Dei. En esa ocasión el Fundador le comentó largamente un escrito sobre la naturaleza y espíritu del Opus Dei, exponiendo las insalvables dificultades con que tropezaba a causa del status jurídico propio de los Institutos Seculares. Y tan pronto como acabó de hablar, intervino espontáneamente Mons. Philippe: «¡Qué lástima! Hace poco tuve que dar mi parecer sobre algunas materias referentes al Opus Dei y veo que me equivoqué por entero, que no interpreté bien lo que ahora entiendo perfectamente, después de esta conversación».
Estas breves palabras bastaron para confirmar al Fundador, una vez más, que sería sumamente oportuno explicar a expertos y consultores cuáles eran las dificultades que encontraba para mejor servir a la Iglesia.