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23 de enero de 1951
Más persecución
Pilar Urbano
El hombre de Villa Tevere
Esa "contradicción de los buenos" llegó a ser enconadísima entre 1951 y 1952, justo a partir de la aprobación definitiva de la Obra. Era más que una sarta de habladurías y más que una maraña de calumnias: estaba en marcha una maquinación bien engrasada. Con guantes de seda y pasos sigilosos, habían llegado a colocar ante el escritorio del Papa Pío XII un candente montaje de dossieres falsos. Las acusaciones eran muy graves. Entre ellas, una bastante tremenda que imputaba promiscuidad entre las mujeres y los hombres del Opus Dei.
Detrás de esos dossieres había un estratega inteligente y hábil, que sabía bien sobre qué delicadísimo punto se debía asestar el golpe, para que fuese mortal: la unidad de la Obra. Ése era -y ése ha sido siempre- el gran secreto de la eficacia del Opus Dei. Una unidad jurídica, espiritual y ascética, con una absoluta separación de vida, de régimen, de gobierno, de apostolados... Como dos líneas de fuerzas paralelas, similares pero distintas, acordes en todo pero en todo separadas, que tirasen a un tiempo de una misma carga. Dos líneas de fuerza que discurren a la par, aunque nunca se encuentran ni se solapan; pero que en todo tramo de su trayectoria tienen en común la misma vocación, la misma espiritualidad y el mismo Fundador y Padre.
El único modo de acabar con la Obra -está documentalmente probado que era eso lo que se perseguía- tenía que ser descargando el hachazo sobre el "puente" de esa unidad. No bastaba la amputación de un miembro cualquiera, o la poda de una rama: lo efectivo y terminante era decapitarla. Escrivá de Balaguer estaba en el centro del punto de mira de toda esa maquinación. Se trataba de conseguir la expulsión del Fundador. Desaparecido él, las mujeres y los hombres de la Obra se marchitarían sin savia, o se disgregarían sin dirección. Sería, al pie de la letra, la cita evangélica "matarán al pastor y se dispersarán las ovejas" (percutiam pastorem et dispergentur oves).
Como años más tarde comentaría Álvaro del Portillo: "Era una asechanza muy bien preparada, como el puñal puesto sobre el corazón. No faltaba más que apretar un poquito, para que el corazón fuera atravesado". Del Portillo medía sus palabras y recurría a la metáfora del cuchillo corto empuñado certeramente; pero él conoció en su día, de primera mano, toda esa estratagema; y peleó bravamente para desactivarla.
Escrivá la padeció en sus carnes y en su alma. No fue cosa de un día ni de dos. La animosidad no daba la cara, no se hacía oir, no tenía rostro. Pero estaba en el ambiente. Se cernía, como una tormenta seca, cargada de electricidad, inaplacable.