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21 de enero de 1940
Las vocaciones llegan por la intensificación de la vida interior
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
Otros, como José Luis Múzquiz, venían pensándolo de muy atrás. José Luis se había encontrado por vez primera con el Fundador en 1935, cuando estaba terminando su carrera de Ingeniero de Caminos. Asistió a los círculos de formación en la Residencia de Ferraz y el comienzo de la guerra le cogió en viaje de estudios por Europa. En 1938 se volvió a encontrar con don Josemaría en Burgos, adonde acudió en varias ocasiones desde el frente de Guadalajara, en que se hallaba su unidad. En 1939 continuó su dirección espiritual con el sacerdote; primero en Santa Isabel y luego en Jenner. Y por fin, un día de retiro, después de oír la meditación predicada por don Josemaría —cuenta José Luis—, «sin que él me invitara expresamente, le manifesté mi voluntad de ingresar en la Obra. Y él me dijo sencillamente: — Que Dios te bendiga, es cosa del Espíritu Santo. Esto sucedió el 21 de enero de 1940».
La mayor parte de las vocaciones venían, según expresión del Fundador, como por un plano inclinado, por las etapas de un proceso de intensificación de la vida interior, a medida que adquirían el espíritu de la Obra. Tal fue el caso, por ejemplo, de Francisco Ponz, antiguo alumno de José María Albareda en el Instituto de Huesca. En 1939 le había hablado éste de las clases de formación en la Residencia de Jenner. Acudió semanalmente a ellas el estudiante durante el primer semestre del curso. Y, cuando regresó a Madrid después de las vacaciones de Navidad, le invitaron a asistir a un día de retiro espiritual en la Residencia. Era domingo, 21 de enero de 1940. A las ocho de la mañana, por vez primera, oyó una meditación dirigida por don Josemaría. Las palabras le dejaron recuerdo inolvidable de la fecha. A continuación, don Josemaría se revistió para celebrar. «El modo de celebrar el Padre la Santa Misa —cuenta Ponz—, el tono sincero y lleno de atención con que rezaba las distintas oraciones, sin la menor afectación, sus genuflexiones y demás rúbricas litúrgicas, me impresionaron muy vivamente: Dios estaba allí, realmente presente».
Ese mismo día Paco Botella, por consejo del Padre, le explicó ampliamente la Obra. Compró Francisco Ponz Camino y, durante una corta temporada, dedicó muchos ratos a su lectura, casi siempre en las horas tranquilas de la jornada, las que preceden al sueño. Llegó así el 10 de febrero, en que de camino hacia la Residencia, «mientras aquel tranvía hacía su recorrido —dice—, resolví no pensármelo más y fiarme del Señor y del Padre, entregándome para siempre a Dios en el Opus Dei». Le recibió el Padre en su despacho de la planta baja de Jenner, una habitación muy pequeña, de unos 3.50 por 3.50 metros, que hacía también de dormitorio. Sobre la mesa, que era muy simple, había un crucifijo de pie. «El Padre, de forma muy paternal y muy sobrenatural, quiso dejarme muy claros algunos puntos [...]. Me hizo ver que la llamada que me hacía el Señor era de carácter sobrenatural, cosa de Dios y no de los hombres [...]. Ser de la Obra significaba comprometerse a luchar toda la vida para mejorar en las virtudes cristianas, para alcanzar la santidad según el espíritu que Dios le había dado [...]. Desde aquel momento me sentí íntima y cordialmente vinculado, de por vida, a mi nueva familia, el Opus Dei».
A medida que llegaban nuevos jóvenes a los apostolados de la Obra, se hacía preciso darles a conocer el espíritu del Opus Dei, para que lo fuesen viviendo. Porque lo más probable sería que, a la larga, como había advertido el Padre a Francisco Ponz el día en que pidió la admisión en la Obra, se les pasase el entusiasmo inicial y tuvieran tentaciones contra el camino que empezaban. Para acelerar, pues, la madurez de estas recientes vocaciones organizó en 1940 dos Semanas de intensa formación. Una en Semana Santa y la otra en el verano. En esos períodos, en que los residentes pasaban las vacaciones en sus casas, los miembros de la Obra podían vivir en intimidad familiar. El Padre les dirigía la meditación; les acompañaba en las tertulias, tarde y noche; les daba criterio y les infundía alegre optimismo. Quienes llevaban más tiempo en la Obra se encargaban de las charlas sobre diversos aspectos de vida y costumbres. Tenían también la oportunidad de leer Instrucciones y Cartas del Fundador, o conocer los comentarios del Diario del paso de los Pirineos y otros escritos.