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9 de septiembre de 1941
Momentos de contradicción
John F. Coverdale
La fundación del Opus Dei
Uno de los documentos más reveladores del sufrimiento de Escrivá en aquellos momentos es la carta que le escribió a del Portillo el 9 de septiembre de 1941. Un día, Dios pareció apartar de él momentáneamente –como ya ocurrió en una ocasión en la década de 1930- el convencimiento de que la Obra era de Dios; y de ahí que surgieran ahora tantas dificultades. Escribió a del Portillo para describir lo que pasó y su reacción:
“Hoy ofrecí el Santo Sacrificio y todo el día por el Soberano Pontífice, por su Persona e intenciones. Por cierto que, luego de la Consagración, sentí impulso interior (segurísimo, a la vez, de que la Obra ha de ser muy amada por el Papa) de hacer algo que me ha costado lágrimas: y, con lágrimas que me quemaban los ojos, mirando a Jesús Eucarístico que estaba sobre los corporales, con el corazón le he dicho de verdad: “Señor, si Tú lo quisieras, acepto la injusticia”. La injusticia ya imaginas cuál es: la destrucción de toda la labor de Dios.
Se que le agradé. ¿Cómo me iba a negar a hacer ese acto de unión con su Voluntad, si me lo pedía? Ya otra vez, en 1933 ó 1934, costándome lo que sólo Él sabe, hice otro tanto”.
A pesar de la angustia de ese momento de oscuridad interior, Escrivá siguió con la convicción de que Dios quería la Obra para llevar a muchas almas junto a Él. Y continuaba abriendo su alma a del Portillo así:
“Hijo mío: ¡qué hermosa mies nos prepara el Señor, después que nuestro Santo Padre nos conozca de verdad (no, por calumnia) y nos sepa –tal como somos- sus fidelísimos, y nos bendiga!
Se me vienen ganas de gritar, sin importarme de qué dirán, ese grito que a veces se me escapa cuando os hago la meditación: ¡Ay, Jesús, qué trigal!”.
La carta termina con una confidencia reveladora del esfuerzo de Escrivá por tener paz y alegría en medio de semejantes pruebas:
“Alvarote: pide mucho y haz pedir mucho por tu Padre: mira que permite Jesús que el enemigo me haga ver la enormidad desorbitada de esa campaña de mentiras increíbles y de calumnias de locos; y el ‘animalis homo’ se alza, con impulso humano. Por la gracia de Dios, rechazo siempre esas reacciones naturales, que parecen y tal vez son llenas de sentido de rectitud y de justicia; y doy lugar a un ‘fiat’ gozoso y filial (de filiación divina: ¡soy hijo de Dios!), que me llena de paz, de alegría, y de olvido”.