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27 de septiembre de 1963
Vicente Mortes Alfonso
Pilar Urbano
El hombre de Villa Tevere
También son de primera mano, y en esta misma línea, los recuerdos que aporta Vicente Mortes Alfonso, casado, ministro del Gobierno español y miembro del Opus Dei.
Después de entrevistarse en Roma con el Padre, en septiembre de 1963, Mortes apunta algunas frases de esa conversación privada.
"Me da alegría que sirvas a la Patria. Es un trabajo profesional que exige muchas renuncias y mucha dedicación y, por tanto, puede ser un buen camino de santidad. De todas maneras, no sabría yo decirte qué trabajo es más importante: ¿el tuyo, o el del ordenanza que introduce las visitas? Siempre, el que se haga con más amor de Dios".
En octubre de 1967, con ocasión de un viaje de Monseñor Escrivá a Pamplona, Vicente Mortes tiene otro breve encuentro, desenfadado y cordial:
- ¡No te preocupes tú, politicón! Yo no soy político de ninguna especie. Yo tengo los brazos abiertos, para recibir a todo el mundo. ¿Está claro? Mira: yo no tengo derecho a tener opiniones políticas. Además, defiendo -y por eso me llaman "hereje"- la "libertad de las conciencias"; no la "libertad de conciencia" que consiste en hacer cada uno lo que le da la gana...
Vuelve a verle, el 11 de febrero de 1968, en Villa Tevere, y recoge estas anotaciones. Sorprendentemente, son casi idénticas a las de sus colegas López Rodó y López-Bravo:
"En política, como en todo, utilizad el signo más, que tiene forma de cruz y significa sumar: en las cosas terrenas hay muchos caminos para llegar a un fin, y bastantes de esos caminos son igualmente buenos... Un político que rechace a los que no piensan como él, es un mal político. No maltratéis a nadie, ni siquiera a los que van por mal camino: ¡tratadlos, atraedlos, para acercarlos a Dios! Respetad la libertad de los demás. Siempre el signo más: ¡Sumad, sumad! ¡No dividáis! (...) Los que tenéis vocación de servir a vuestro conciudadanos, me merecéis todos los respetos. Además, ¡sois libérrimos!, siempre que no ofendáis a Dios. Pero de este criterio general no salgo. ¡Ni media palabra más! Nunca pongo peros a la labor personal de nadie, a ninguna labor pública, porque sois ciudadanos como los demás. Ni más, ni menos: como los demás".
Vicente Mortes había conocido a Josemaría Escrivá en 1940, en la Residencia de estudiantes de la calle Jenner, de Madrid, siendo él un muchacho de provincias que iniciaba los estudios de Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos. Pasados treinta y cinco años, recuerda nítido aquel primer encuentro:
"Mi padre y yo habíamos venido a Madrid, desde Valencia, con el fin de buscarme alojamiento. Don Eladio España, sacerdote ejemplar y rector del Corpus Christi, me hablaba con frecuencia de don Josemaría Escrivá, el autor de "Camino" y también de la residencia de estudiantes que había instalado en Madrid.
Llegamos a Jenner, número 6. Subimos al primer piso. Esperamos en una salita pequeña con balcón a la calle. Unos instantes después apareció ante nosotros un sacerdote joven, con aspecto fuerte y cordial. Era el Padre. Intentamos besarle la mano, como se acostumbraba entonces, pero él la retiró con gesto afectuoso. Ya sentados, mi padre fue hablándole de mí. Insistía en que yo era hijo único y que, por primera vez iba a vivir separado de la familia. Tenía miedo de que me "perdiera" en la gran ciudad. Quería, por tanto, dejarme alojado en un sitio donde no corriera peligro; donde se controlaran mis entradas y mis salidas; donde, en pocas palabras, estuviera vigilado.
Mientras hablaba mi padre, iba cambiando el semblante de don Josemaría Escrivá: se había ido poniendo serio, muy serio. En cierto momento, interrumpió a mi padre y dijo:
- Se han confundido ustedes de puerta. En esta Residencia no se vigila a nadie. Se procura ayudar a los residentes a ser buenos cristianos y buenos ciudadanos, hombres libres que sepan formar criterio y cargar con la responsabilidad de sus propias acciones. En esta casa se ama mucho la libertad y el que no sea capaz de vivirla y de respetar la de los demás, no cabe entre nosotros.
Afortunadamente mi padre comprendió que don Josemaría tenía razón: que sin un sentido personal de la responsabilidad, la vigilancia no servía para nada, y menos para formar hombres libres. Al fin, el Padre nos dio a entender que, por su parte, no había inconveniente a que yo me alojase allí.
- Bien. Suban al tercer piso y hablen con el director. Se llama Justo Martí Gilabert y es licenciado en Derecho. El les dirá si hay o no hay plazas y cuáles son las condiciones económicas, si las hubiera. Eso no es cosa mía. A mí, como sacerdote que soy, sólo me corresponde la dirección espiritual de la Residencia.
'Nos despidió con afecto. Aquellas palabras suyas, que entonces me parecieron durísimas, no se me han olvidado nunca: En 1940 y en España, no era frecuente oir hablar de libertad. Después, a lo largo de los años, ¡cuántas veces he oído al Padre pronunciar esta palabra! Para él, sin ninguna duda, era mucho más que una aspiración o un ideal: era el aire que necesitaba para vivir".
Entre los muchos recuerdos que Vicente Mortes ha puesto por escrito, este otro dibuja con trazo rápido y resuelto esa libertad, aplicada a las decisiones públicas y políticas, tal como siempre se ha vivido en la Obra:
"Al venir a Madrid y empezar mis estudios superiores me incorporé al Sindicato Español Universitario (SEU). José Miguel Guitarte era entonces su jefe nacional.
'En la Residencia de Jenner yo había conocido gente estupenda: estudiantes responsables y prestigiosos entre sus compañeros. Pensé que el SEU recibiría un gran refuerzo, si estos jóvenes se incorporaban a él en sus puestos de mando. Podríamos tener así unos formidables delegados de curso, que atrajeran a los demás. Le hablé de ello a Guitarte. La idea le pareció espléndida. Muy contento, me fui a ver al director de la Residencia. Me escuchó atentamente. Cuando terminé, con muy buenas palabras me puso en evidencia de mi error:
- Mira, Vicente, yo aquí no puedo hablar a ningún residente de cuestiones políticas. Cada uno es libérrimo de pensar y actuar como quiera, en todo lo opinable...que es casi todo, porque los dogmas de fe son muy pocos, y esos los proclama la Iglesia. Pero a mí ni me incumbe, ni me interesa, ni es mi papel, animar o desanimar a nadie sobre tal o cual iniciativa política. Sería entrometerme en la libertad de los demás...
'Estaba bien claro: otra vez me había equivocado de puerta".
Ese respeto, íntegro y profundo, a las actuaciones y opiniones personales es, en el Opus Dei, el fruto maduro de una arraigada pasión por la libertad responsable. Monseñor Escrivá lo enseñó, con la palabra y con el ejemplo, en privado y en público, en conversaciones de familia y en tertulias numerosas, en su predicación sacerdotal y en su correspondencia epistolar. Se puede decir que es como un leiv motiv, constante y de fondo: ama la libertad, como don inalienable de los hijos de Dios, porque sólo desde ella se origina la determinación humana y el mérito sobrenatural de las acciones. Y siempre que habla de libertad, la empareja con el otro factor imprescindible del binomio: la responsabilidad.