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23 septiembre 2027

Decide hacerse sacerdote

23 de septiembre de 1917
Decide hacerse sacerdote

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

Las pisadas en la nieve eran del padre José Miguel. Tomando, pues, aquella blanca ruta, el muchacho se fue al carmelita, en busca de dirección espiritual. Llevaba ya, metida muy dentro, "un inquietud divina", que renovó su interior con una vida de piedad más intensa, en la práctica de la oración, de la mortificación y de la comunión diaria. Cuando apenas era yo adolescente —nos dirá— arrojó el Señor en mi corazón una semilla encendida en amor.

Tan tajante cambio no fue más que el breve preludio a mayores exigencias por parte del Señor:

comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor [...]. Yo no sabía lo que Dios quería de mí, pero era, evidentemente, una elección. Ya vendría lo que fuera... De paso me daba cuenta de que no servía, y hacía esa letanía, que no es de falsa humildad, sino de conocimiento propio: no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no soy nada, no sé nada...

Aquella ardiente semilla plantada en su corazón le quemaba por dentro, y al mismo tiempo le dejaba a oscuras. Con la luz de la gracia el Señor le hacía darse cuenta de su elección, pero no con claridad deslumbrante sino en penumbra, como entre tinieblas.

Pasaron unos tres meses. El p. José Miguel, ante las disposiciones de aquella alma, le sugirió que ingresara en la Orden del Carmen. Llevó el muchacho la propuesta a su oración, y pidió luces al cielo para descubrir el velado contenido de la misteriosa llamada que resonaba dentro de su corazón.

Echando una mirada atrás, comprendió que, desde la mañana misma en que vio las huellas sobre la nieve, alguien le conducía directamente hacia el Amor. El Señor le había ido preparando. El Señor había hecho nacer en su alma una "inquietud divina". De manera que, al encontrarse con las pisadas cuajadas en lo blanco, al descubrir que eran de un religioso, reconoció en ellas las huellas de Cristo y una invitación a seguirle. En este gesto mudo, impreso en la blancura, supo ver el muchacho una llamada. E inmediatamente, con el espíritu de generosidad que llevaba dentro de sí, se sintió impulsado a plantearse allí mismo, sin dejarlo para luego, el ofrecimiento de su persona.

Durante las semanas que siguieron hasta el día en que el carmelita le invitó a ingresar en su Orden, Josemaría había dado un fuerte viraje interior. ¿Cómo es posible que un hecho tan nimio le empujase a empeñar toda su voluntad en el deseo firme de ofrecer sus facultades al Señor, sin saber en detalle a qué se comprometía? La desproporción entre aquel delicado suceso, "aparentemente inocente", y la pronta y recia reacción del muchacho, refleja la calidad de su temperamento, vehemente y noble; y su gran capacidad de amor. Aquella alfombra de nieve pronto se convirtió en barrizal. Pero Josemaría continuaba firme en su determinación, sin echarse atrás ni variar la respuesta; perseverante. En esas cortas semanas, la generosidad a la gracia fue agrandando la herida de amor del adolescente.

Había entrado ya la primavera. Dentro de un par de meses, terminadas las clases, vendrían los exámenes y Josemaría sería bachiller. En tales circunstancias se vio obligado a decidirse. Pensó en las dificultades que una estricta vinculación religiosa supondría para cumplir los planes divinos que barruntaba. Si renunciaba a hacer una carrera civil y se metía a religioso, ¿le sería posible ayudar económicamente a sus padres? La vida conventual no le atraía, ni calmaba su secreta inquietud la idea de hacerse religioso. Además, el día que oyese la respuesta a ese algo que Dios le pedía y que bullía en su alma, ¿no tendría que encontrarse libre, sin ataduras? Tomó, pues una pronta resolución: hacerse sacerdote y estar así disponible para lo que viniere. Después comunicó la resolución al padre José Miguel y dejó la dirección espiritual del carmelita. Sin embargo Mons. Escrivá de Balaguer conservó durante toda su vida un grato recuerdo de aquel religioso. En 1938 volvieron a encontrarse en Burgos.

¿Quién le iba a decir que todo arrancó del fortuito encuentro con las pisadas de unos frailes descalzos? Pero, no; el encuentro nada tenía de casual, como bien sabía Josemaría. Era un favor divino. Por eso, la entrega del muchacho había sido de total desprendimiento, sin pedir de antemano pruebas ni señales extraordinarias. Y enseguida comenzó a recibir un chaparrón de gracias que, en breve tiempo, pusieron su alma en condiciones de patente madurez, a juzgar por la propuesta que le hizo su director espiritual.

No era, sin embargo, el camino de los religiosos lo que Dios le pedía. Lo vio pronto y con claridad; y así se lo dijo al carmelita. Después, con una generosidad increíble, y con una fe gigantesca, no a remolque de la gracia sino, por decirlo de algún modo, sacando, aparentemente, la delantera al Señor, decidió hacerse sacerdote. Era un paso heroico, una respuesta extremosa, que nadie le había invitado expresamente a dar. Ni se escudó tampoco en el descubrimiento de que no se le llamaba a una vida conventual. Escogió el sacerdocio como base para alcanzar un ideal; como el medio más apropiado, en sus circunstancias personales, para identificarse con Cristo, en espera de una respuesta que barruntaba, pero que no veía. Al Señor tocaba ahora el nuevo envite, que el futuro sacerdote no podía adivinar. A partir de entonces, desde la oscuridad de su fe, como el ciego de Jericó, Josemaría clamaría al Señor con ansias de que le manifestase su Voluntad. Tenía el firme presentimiento de que se toparía con la aventura de su existencia.