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8 agosto 2027

Vagando por Madrid

8 de agosto de 1936
Vagando por Madrid

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

Ese día, 8 de agosto, anduvo vagando de una parte a otra de Madrid, expuesto a caer en manos de cualquier piquete de milicianos que le llevase a la cárcel. Luego, a última hora, se fue a dormir a una pensión de la calle Menéndez y Pelayo, donde se alojaba José María Albareda, un joven profesor que había conocido en la Residencia de Ferraz y que el jueves, 23 de julio, había visitado al Padre en Doctor Cárceles, acompañando a Juan y a Isidoro Zorzano.

Al día siguiente, como tenía convenido anteriormente, se marchó a casa de Manolo Sainz de los Terreros, que vivía en la calle Sagasta, 31. (Manolo era aquel joven que comenzó la dirección espiritual con el Padre en junio de 1933 en la casa de Martínez Campos, mostrándole su alma, «sin dejar un solo hueco»). Era mediodía cuando don Josemaría logró subir al piso sin que lo advirtiese el portero. Esa misma tarde se presentó también allí Juan Jiménez Vargas. La familia de Manolo se hallaba de vacaciones y éste vivía solo con Martina, una anciana sirvienta, sorda y calmosa. Los dos nuevos huéspedes hubieron de permanecer en absoluta clandestinidad, a todos los efectos, sin que supiesen nada de ellos los demás vecinos y menos aún el portero, responsable, ante el comité político de las casas, de la entrada o salida de residentes. Así, pues, habían de moverse con cautela y sigilo, para no levantar sospechas. Manolo o Martina hacían la compra, dejando entrever a terceros que aquella era comida para dos personas, aun cuando fuesen cuatro bocas a la hora del reparto. Manolo, hombre decidido e impetuoso, no era sujeto que se amilanase fácilmente; pero desde que a finales de julio se habían llevado a su hermano a la cárcel la casa estaba fichada. Por entonces los registros comenzaban a ser metódicos. A los dos días de vivir allí el Padre con Manolo, volvieron a presentarse los milicianos en otro de los pisos, donde anteriormente habían detenido al conde de Leyva.

Con don Josemaría, entró también el orden en aquella casa. Se hizo un horario fijando las prácticas de piedad, y las horas de trabajo y de comidas. Lo que más preocupaba al Padre era el no tener noticias de sus hijos. Es de imaginar, por tanto, su enorme alegría cuando a mediados de agosto Manolo recogió en la antigua residencia de Ferraz varias cartas que le entregó el portero, entre ellas una de Pedro Casciaro. Y, poco más tarde, el día 25, le llegó una carta de Ricardo dirigida a Isidoro desde Valencia, anunciando que se encontraba muy bien. El Padre, por medio de Isidoro y de Manolo, se comunicaba esa temporada con los de Madrid y con doña Dolores, aunque ésta prefería no saber con certeza dónde paraba su hijo.

A poco de abandonar don Josemaría la casa de su madre se produjeron los temidos registros. No uno sino varios; llevándose detenidas a algunas personas de la familia en la que estaba empleada la sirvienta comunista. En otra ocasión, entraron los milicianos y recorrieron todas las viviendas, menos la de doña Dolores. Rompieron incluso el precinto que en la puerta contigua se había colocado por orden de la Embajada inglesa, ya que la dueña, de nacionalidad británica, había dejado España al estallar la revolución. Temblaban doña Dolores y sus hijos, en silencio expectante, cada vez que oían a los milicianos subir ruidosamente por la escalera; pero jamás se les ocurrió, aunque parezca extraño, registrar la vivienda de los Escrivá.

En el piso de Doctor Cárceles, quedaba un baúl repleto de papeles privados y documentos relacionados con la Academia y las labores apostólicas. Don Josemaría había puesto su entera confianza en manos de Dios y de doña Dolores, que «conservaba la llave y no la soltaba por nada del mundo». Pero, Carmen y Santiago, ante el temor de que hubiera allí anotaciones que comprometieran a terceras personas, exigieron la llave a su madre. Efectivamente, entre los papeles encontraron un cuaderno con nombres, direcciones y teléfonos, y juzgaron prudente quemarlo.

Dispuesto a revolver, Santiago topó, sin duda, con algunos escritos espirituales de mucho sabor, de los que da noticia: «entonces fue —nos dice— cuando leí el diario que Josemaría había llevado durante muchos años. Recuerdo los cuadernos de hule negro». Se trataba, claro está, de los Apuntes íntimos del Fundador. Aquel baúl, puesto allí bajo el amparo de la Providencia y la vigilancia amorosa de doña Dolores, contenía una importante porción del espíritu y de la todavía breve historia de la Obra. En Doctor Cárceles comenzó el baúl una larga odisea que duró toda la guerra, incólume a desplazamientos y registros.