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5 agosto 2027

Un hogar para su familia de sangre

5 de agosto de 1939
Un hogar para su familia de sangre

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

No tardó en aparecer por Santa Isabel la Madre Priora de las Agustinas, acompañada de una novicia, con intención de ocupar el piso de los capellanes, ya que el resto del convento se hallaba en ruinas a causa del incendio. El Rector les buscó una solución más conveniente para que pudiesen hacer vida de comunidad con el resto de las monjas, que se encontraban entonces fuera de Madrid, mientras reparaban la iglesia y las dependencias quemadas. En vista de que el edificio vecino de las monjas de la Asunción no había sufrido daño alguno, esta comunidad cedió temporalmente a las Agustinas algunas habitaciones del colegio de niñas. Arreglo provisional que se mantuvo hasta el mes de agosto, cuando don Josemaría, de acuerdo con el Vicario General de la diócesis de Madrid, don Casimiro Morcillo, cedió voluntariamente a las monjas su vivienda. Según se estipulaba en contrato firmado el 5 de agosto de 1939, entre el Rector del Patronato de Santa Isabel y la Madre Priora, Sor Vicenta María del Sagrario, aquél cedía a la Comunidad de Agustinas Recoletas «el derecho de habitación que le corresponde en la Casa Rectoral, calle de Santa Isabel, nº 48». En el contrato de cesión se establecían, además, ciertas cláusulas para proteger los derechos de futuros Rectores a la vivienda a ellos destinada en Santa Isabel.

A la rectoral fueron a parar también los antiguos muebles de la casa de la Abuela. No eran muchos, pero ponían una nota de elegancia familiar en aquel desamparado ambiente, en el que vivieron doña Dolores y sus hijos a partir del 9 de abril. Esa fecha marca el comienzo de lo que Santiago Escrivá de Balaguer denomina "etapa de transición", esto es, el servicio interino que su madre y hermana prestaron en los centros de la Obra, hasta que las mujeres del Opus Dei tomaron el relevo en las tareas de administración doméstica. Más acertado sería decir que, tanto en el caso de Carmen como en el de doña Dolores, este compromiso de ayuda apostólica se hizo incondicional y de por vida. Durante la "etapa de transición", la vida de la Abuela, minada por callados sufrimientos, físicos y morales, se fue extinguiendo suavemente, en silencio, sin que le llegase una temporada de descanso. En cuanto a Carmen, su período activo de trabajo se alargó año tras año, y consumió así la flor de su juventud y lo mejor de sus fuerzas, permaneciendo siempre en retén, siempre disponible y sin pregonar su escondido sacrificio.

La limpieza y adecentamiento de la casa rectoral llevó tiempo. No sólo por la mucha suciedad acumulada, sino porque hubo que notificar a las autoridades el hallazgo de un depósito de armas y las horrendas profanaciones de los enterramientos de la cripta, en donde se entremezclaban los cadáveres en impresionante revoltijo. Fue preciso también limpiar el pozo de la huerta, al que habían sido arrojadas algunas personas asesinadas durante la guerra.