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26 de agosto de 1978
Homenajes de Pablo VI y Juan Pablo I
Ana Sastre
Tiempo de caminar
El 5 de marzo de 1976, el Sumo Pontífice Paulo VI dirá a Monseñor Álvaro del Portillo que considera al Fundador del Opus Dei como uno de los hombres que ha recibido más carismas y ha correspondido con más generosidad a esos dones. Durante muchos años, Pablo VI había usado «Camino» para su propia meditación personal.
Y el Cardenal Albino Luciani, que cruzará las cancelas de la Capilla Sixtina para ser nominado Papa con el nombre de Juan Pablo 1 el 26 de agosto de 1978, había escrito acerca del Fundador de la Obra:
«¿Quién era aquel confesor revolucionario, que se saltaba a cuerpo limpio las barreras tradicionales, proponiendo metas místicas incluso a los casados? Era Josemaría Escrivá de Balaguer, sacerdote español, fallecido en Roma en 1975, a los 73 años (...).
Vio crecer ante sus ojos esta obra hasta extenderse a todos los continentes (...). La extensión, el número y la calidad de los miembros del Opus Dei ha hecho pensar en no se sabe qué intenciones de poder y de férrea obediencia de gregarios. La verdad es lo contrario: sólo existe el deseo de hacer santos, pero con alegría, con espíritu de servicio y de gran libertad».
Y hombres de la Curia Romana, como el Cardenal Sebastiano Baggio, que fue Prefecto de la Sagrada Congregación para los Obispos:
«A pesar de lo mucho que se ha escrito sobre el Opus Dei y sobre su Fundador -o quizá por eso mismo-, prevalentemente en clave polémica por no decir fantástica, nosotros, sus contemporáneos, no tenemos la necesaria perspectiva para valorar el alcance histórico de la enseñanza (en tantos aspectos auténticamente revolucionaria y anticipadora) y de la acción pastoral (de una eficacia y una irradiación sin equivalentes) de este insigne hombre de la Iglesia. Pero es evidente desde ahora que la vida, la obra y el mensaje del Fundador del Opus Dei constituyen un viraje o, más exactamente, un capítulo nuevo y original en la historia de la espiritualidad cristiana, si la consideramos -y así debe ser- como un camino rectilíneo bajo la guía del Espíritu Santo».
Es el lógico decantamiento histórico sobre los hombres y los hechos que han permanecido inquebrantables en su lealtad a Dios y a la jerarquía de la Iglesia.