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25 de agosto de 1930
Encuentro con Isidoro
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
En cuanto a Isidoro, compañero de estudios en Logroño, con el que mantenía amistosa correspondencia, y con quien se había visto en la calle en varias ocasiones antes del verano de 1930, tuvo un nuevo y providencial encuentro, tal y como se recoge en una catalina del 25 de agosto:
Ayer, día de S. Bartolomé, estaba yo en casa de Romeo y me sentí desasosegado —sin motivo— y me fui antes de la hora natural de marcharme, puesto que era muy razonable que hubiera esperado a que vinieran a su casa D. Manuel y Colo. Poco antes de llegar al Patronato, en la calle de Nicasio Gallego, encontré a Zorzano. Al decirle que yo no estaba, salió de la Casa Apostólica, con intención de ir a Sol, pero una seguridad de encontrarme —me dijo— le hizo volver por Nicasio Gallego.
Isidoro, que trabajaba como ingeniero en Andalucía, había ido a Madrid empujado por sus inquietudes espirituales. A las primeras palabras vio don Josemaría que el Señor le enviaba un alma servida en bandeja. Y le citó para charlar por la tarde en el Patronato de Enfermos, con la intención de hablarle de la Obra. Por la tarde —continúa la catalina— vino Isidoro: hablamos: está muy contento: ve, como yo, el dedo de Dios. Ya sé —decía— para qué he venido a Madrid.
Pasaron meses desde ese encuentro con Isidoro. Había llegado la República cuando, en la primera semana de abril de 1931, anotaba el Fundador con optimismo: Nuestros hombres y mujeres de Dios, en el apostolado de acción, tengan por lema: ¡Dios y audacia! Y, en la siguiente catalina, hace la enumeración de la fuerza humana disponible en su empresa: 5-Abril-1931: ayer, domingo de Resurrección, D. Norberto, Isidoro, Pepe y yo rezamos las preces de la Obra de Dios.
Ese era todo el personal de que se componía la Obra: un joven estudiante, un ingeniero, un sacerdote maduro y enfermo y, a su frente, don Josemaría. Nuestros hombres y mujeres de Dios, aquellas soñadas vocaciones, tardaron en venir. El Señor le fue facilitando el conocer a jóvenes que entendiesen la Obra. En virtud de una especie de instinto sobrenatural, tuvo el presentimiento de que en su actividad proselitista se daba una serie de curiosas coincidencias entre las vocaciones y las fiestas de los Apóstoles.