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18 de agosto de 1974
En Venezuela sigue enfermo
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
El tiempo era lluvioso y no invitaba a salir fuera de casa. A ratos se veía al Padre releyendo las cartas que, días pasados, Fernando Valenciano le trajo a Venezuela. Me pasa lo que a las madres —les decía—, que leen varias veces las cartas de sus hijos. Y en las tertulias, después de comer o cenar, contaba a los que con él vivían muchas cosas de la historia de la Obra y les hablaba mucho de apostolado y de la devoción a San José, del que había algunos cuadros en la casa.
Al cabo de una semana el Padre no terminaba de restablecerse. De ello había dos claros indicios. Uno de ellos era el no haber celebrado misa desde que llegó. Cosa que le dolía mucho; pero tenía miedo a devolver. Como símbolo de las oraciones con que todos pedían que recobrase su vigor, la casa estaba llena de flores. Y los altares tenían siempre orquídeas frescas.
La otra señal era que no había pasado aún a saludar a sus hijas, en la zona de la Administración de la casa. El domingo anterior habían enviado al Padre unas orquídeas y unos burritos de cerámica, con una tarjeta que decía: «Estamos muy contentas de tenerlo en Altoclaro. Le queremos mucho. 18 de agosto 1974». Inmediatamente respondió el Padre en la misma tarjeta, con bolígrafo rojo: Yo también. Mariano; y pintó una pata con el pico abierto. (La letra desmerecía penosamente de la enérgica caligrafía del Padre. Los trazos eran débiles, indecisos, caídos y temblones. Imagen viva de su abatimiento físico. Nadie hubiera reconocido esa escritura como del Padre).
En el diario de Altoclaro se narra que el Padre lleva en un relicario, en forma de cruz, un lignum crucis, con una cadena debajo de la sotana; y que a veces saca un momento la reliquia para darle un beso.
No cabe duda de que al Padre le acuciaba la impaciencia por celebrar el Santo Sacrificio. Una tarde, acompañado de varios hijos suyos, paseaba por el patio de la fuente en Altoclaro. Se sentó en un rincón, resguardado del viento, y le oyeron que decía algo en voz baja:
— ¿Qué dice, Padre?, le preguntaron.
— Vultum tuum, Domine, requiram! Y lo repetía con más fuerza:
— Vultum tuum, Domine, requiram! Vultum tuum, Domine, requiram! Ayer, que no pude celebrar Misa, le repetí esto al Señor muchas veces: ¡Señor, busco tu rostro! ¡Señor, tengo ganas de verte! Sí, ¡tengo ganas de ver cómo es el Señor —comentaba a sus hijos—, pero no ya por la fe, sino cara a cara...!