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23 de julio de 1936
Fugitivo en busca de refugio
Vázquez de Prada
El Fundador del Opus Dei
En el piso debajo del de Doña Dolores había una comunista, la cocinera; mujer nada de fiar y, probablemente, sabedora de que vivía escondido un cura en el otro piso. Teniendo esto en cuenta, el sacerdote estaba precavido y dispuesto a emprender la fuga en cualquier momento del día o de la noche. Y, por si fueran pocas las dificultades, carecía de documentación sindical o política, que, naturalmente, era la única válida en los controles de los milicianos. Doña Dolores le había dado el anillo de casado que usó antaño don José, con la intención de que pensaran que no era soltero. Para el hijo, llevar ese anillo fue como heredar una santa reliquia de su padre.
A las dos semanas de estar encerrado en el piso, aparecieron por el barrio las patrullas de registro. Sería probablemente el 8 de agosto cuando sucedió lo que temían. A primera hora de la mañana el portero avisó, alarmado, que era inminente un registro. Sin aguardar un segundo aviso, el sacerdote se lanzó a la calle dispuesto a recorrer una larga vía dolorosa. Empezaba a cumplirse el presentimiento que tuvo de que, a partir de agosto de 1936, el Señor le reservaba una cruz. Así lo había dejado escrito en sus Apuntes, semanas antes, sin imaginar su cumplimiento: ¡víctima!, en una Cruz sin espectáculo.
Ese día, 8 de agosto, anduvo vagando de una parte a otra de Madrid, expuesto a caer en manos de cualquier piquete de milicianos que le llevase a la cárcel. Luego, a última hora, se fue a dormir a una pensión de la calle Menéndez y Pelayo, donde se alojaba José María Albareda, un joven profesor que había conocido en la Residencia de Ferraz y que el jueves, 23 de julio, había visitado al Padre en Doctor Cárceles, acompañando a Juan y a Isidoro Zorzano.