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26 de junio de 1975
Fallecimiento del Fundador
François Gondrand
Historia del Opus Dei y de su Fundador
Después de celebrar la Santa Misa muy temprano, se traslada a Castelgandolfo para despedirse de sus hijas antes de abandonar Roma ese verano.
Hace un calor bastante agobiante este 26 de junio.
A las diez y media de la mañana, el Padre y quienes le acompañan llegan a Villa delle Rose, sede, desde hace algunos años, de un centro internacional de formación de la Sección de mujeres del Opus Dei. Las últimas que han llegado proceden de Kenya y de las Islas Filipinas. Todas manifiestan ruidosamente su alegría ante la presencia del Padre. Lentamente, con gravedad, les habla de lo que, en esos momentos, constituye el objeto primordial de su oración y de sus preocupaciones. Evoca, una vez más, esa alma sacerdotal que deben esforzarse por tener todos los cristianos, hombres y mujeres, sacerdotes y laicos:
Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo aquí (...) Y con la gracia del Señor, y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz.
Les pide que recen por los que van a ser ordenados el 13 de julio, y también por la Iglesia, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea.
Al cabo de unos veinte minutos, un malestar evidente obliga al Padre a interrumpir la reunión y a retirarse a una habitación cercana. Instantes más tarde, aunque quienes le acompañan le aconsejan esperar un poco, decide regresar a Roma. Quiere ir por la tarde a Cavabianca, para despedirse de sus hijos del Colegio Romano.
El viaje de vuelta es rápido. Poco antes de mediodía, el automóvil llega a Villa Tévere. El Padre saluda a Jesús Sacramentado en el Sagrario, haciendo una profunda genuflexión, acompañada, como siempre, de un acto de amor, y sube al ascensor que ha de conducirle al despacho donde trabaja de ordinario. Al abrir la puerta, dirige, también como siempre, una mirada a un cuadro de la Virgen de Guadalupe.
-¡Javi!
Don Javier Echevarría, que acompañaba al Padre, se ha quedado un poco rezagado para cerrar la puerta del ascensor.
-¡Javi! No me encuentro bien.
La voz, ahora, es más débil. Cerca de don Álvaro del Portillo y de don Javier Echevarría, el Padre cae desplomado al suelo.