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24 junio 2027

Cartas desde su encierro en la Legación de Honduras

24 de junio de 1937
Cartas desde su encierro en la Legación de Honduras

Vázquez de Prada

El Fundador del Opus Dei

Escribía en clave a causa de la censura: el abuelo era él mismo; don Manuel es el Señor; lo del “manicomio” es que antes estuvo escondido en una casa de enfermos psíquicos de un médico amigo suyo.

Este abuelo vuestro —les escribía el 24 de junio— ha vuelto a tomar las riendas. ¡Qué noticia! Y os aseguro que con más fuerzas que antes de su enfermedad, aunque ahora pese cuarenta kilos menos.

No desanimaban al Fundador las adversidades propias de aquellos días, pues la guerra —les decía—, no sólo no entorpece sino que puede dar más intensidad a muchas empresas, si los que las dirigen no se duermen.

El Fundador tenía, ciertamente, muchas ganas de dar otro empujón a su empresa divina, y le quemaba la impaciencia, como escribía a los de Madrid:

En cuanto comience a trabajar —que será pronto— voy a renacer.

Conste que el abuelo está satisfechísimo de todos sus nietos, sin excepción. ¿Está claro? Y piensa que ellos sabrán vivir siempre con optimismo, con alegría, con tozudez, con el convencimiento de que nuestros negocios han de ir necesariamente en auge, y con la íntima persuasión de que todo es para bien.

¿Era todo realmente para bien? A mediados de junio se enteró de que Pepe Isasa, uno de los miembros de la Obra en la otra zona de España, había muerto en el frente, en abril. Inmediatamente comunicó Isidoro a los demás el deseo del Fundador: que hicieran sufragios por su alma, rezando las tres partes del rosario y ofreciendo la comunión («El abuelo me dice: comunica a mis nietos que lleven tres ramos de rosas a la Madre de D. Manuel de parte de Pepe y que si pueden almuercen con este buen amigo»).

Para el abuelo, la pérdida de este nieto, fue una "noticia agridulce":

El abuelo casi no sabe deciros nada —escribe a los de Valencia—. Un encargo os hice, que también Ignacio os daría: rosas —tres ramos—, sobre su sepulcro: y que visitarais a D. Manuel. ¡A Don Manuel! ¡Qué agradecido le estoy! Mis lágrimas —no me da vergüenza decir que he llorado— no son protesta, por la muerte de mi nieto queridísimo: la acepto; pero os ruego que, conmigo, recomendéis a mis peques para que no se me vaya ninguno más.

Contentos, ¿eh? ¿No os he contado muchas veces que el abuelo tiene una Casa muy grande, donde le esperan una porción de nietos?

Eso es demasiado cómodo. Es preciso quedarse por aquí —y aún hacerse viejo—, para sacar adelante el negocio —¡magnífico! ¡redondo!— que vuestra familia lleva entre manos, desde hace más de ocho años.

Era patente que el negocio del Opus Dei, grande y universal, necesitaba mucha gente. El afán apostólico, incontenible, del Fundador desbordaba, aun recluido, todas las fronteras:

Se me pegaron las locas ansias de mi hermano Josemaría —loco, loco de atar; por algo ha estado en el manicomio— y querría corretear este mundo tan chiquitín, de polo a polo, y derretir todos los hielos, y aplanar todas las montañas, y desterrar todos los odios, y hacer felices a todos los hombres, y lograr que sea un hecho feliz aquel deseo de un rebaño y un pastor.

La cabeza parece que va a rompérseme, como un triquitraque. Y milagro parece que tal no suceda. No caben, en cabeza de hombre (en corazón, sí), tantas cosas grandes. Por eso, ¡quién me diera muchas cabezas y muchos corazones, jóvenes y limpios, para llenarlos de ideas y quereres nobles y exaltados!

Aunque no te lo creas, mocoso: no hace media hora, estaba recosiendo un par de calcetines de uno de mis nietos más brutotes. Lo loco no quita el estar en la tierra.